Enrique VIII, un rey “explosivo”, literalmente

No soy mucho de seguir bodas reales -llamadme raro-, pero la expectación mediática que ha generado la boda real entre el príncipe Enrique y Meghan Markle me acercó el Castillo de Windsor, a 35 kilómetros de Londres, lugar elegido para darse el “sí, quiero”. Hogar de la reina Isabel II y la residencia de 40 reyes a lo largo de mil años, en él encontramos sepultados personajes tan ilustres como Carlos I de Inglaterra, Eduardo de Kent y Juana Seymour, entre otros, sin olvidarnos de Enrique VIII, protagonista de una anécdota no muy conocida y que hace referencia al traslado de su “EGREGIO” cuerpo tras su fallecimiento. 

El Rey

Representante de la Casa Tudor, rey de Inglaterra entre 1509 y 1547, se le recuerda más por sus enlaces matrimoniales y el trato cruel que recibieron sus esposas, que por sus logros políticos. Tras su muerte, el poder real se fortaleció en parte por la hegemonía del monarca sobre la Iglesia, enriqueciéndose con los beneficios que le reportaron las ventas de los bienes eclesiásticos. Esto permitiría la posterior industrialización y el fortalecimiento de su poder militar y comercial. Durante su reinado se asimiló el País de Gales a Inglaterra, se  anexionó Irlanda, y aunque no consiguió lo mismo con Escocia, sus batallas se cuentan por victorias contra este país.

Su fallecimiento 

En 1536, un accidente de justa le produciría una herida en la pierna que le impediría realizar actividad física, además de producirle una dolorosa úlcera. Esto, y las suculentas y grasientas comidas que ingería, hicieron que engordara llegando a tener una cintura de 137 cm y a pesar 180 kilos al final de sus días, algo que resultaría decisivo en la anécdota en cuestión.

Falleció el 28 de enero de 1547 en el palacio de Whitehall desde donde sería trasladado a la capilla de San Jorge en el castillo de Windsor. Para tan “magna”  empresa su cadáver fue colocado en un ataúd forrado con plomo. Poco después ocurrió un suceso tan inesperado como sorprendente, la gran cantidad de fluidos corporales del mismo hicieron que el cuerpo del monarca estallara, literalmente, rompiendo el ataúd y desparramando sus restos por el suelo. Unos perros que se encontraban en el lugar no dejaron pasar la oportunidad del festín y comenzaron a lamer y comer los restos esparcidos por la explosión.

Tengo que decir que la explosión de un cadáver en realidad no es algo insólito y hemos de tener presente que en el caso de Enrique VIII los embalsamadores no pudieron realizar su trabajo en las condiciones que hubieran deseado dado el secretismo de su muerte hizo que pasaran unos días hasta que pudieran trabajar con el cuerpo, es decir, la descomposición de su cuerpo se encontraba muy avanzada.

La profecía 

Unos dicen que esto no es más que una leyenda, pero cuando se sacó el ataúd del rey su cuerpo se hallaba totalmente destrozado y una profecía parecía cumplirse.

Fray Peto, padre franciscano inglés y preceptor de María, hija del rey con Catalina de Aragón, profetizó que si no enmendaba su relación con la Iglesia Católica “los perros lamerían su sangre”, de igual forma que la descripción que hace la Biblia con la muerte del rey Acab.

No puede afirmarse ni descartarse que su cuerpo hubiera explosionado realmente, puede incluso que se exagere la historia por parte de los católicos, pero pocos dudan de que del ataúd se filtraran líquidos y que estos fueron lamidos por perros. Sea como fuere, un final nada regio para Enrique VIII, el monarca que ejerció el poder más absoluto de toda la historia de Inglaterra.

Para saber más:

Sepultados en la Capilla de San Jorge (Castillo de Windsor)

Link información:

supercurioso.com

16 comentarios en “Enrique VIII, un rey “explosivo”, literalmente

  1. Hola FJT, tú como yo sabemos que en la actualidad la mayor parte de la gente tenemos un seguro de enterramiento (no pongo el nombre astral para no hacer propaganda gratuita) que se ocupan muy eficazmente de la preparación, incluso con maquilladores. Eso nos evita, a los que intermitentemente estamos en contacto con la muerte, ver cómo nuestras enfermeras y celadores obturan los orificios nasales y la boca sujetando la mandíbula con un pañuelo o venda para cerrar así la boca que suele quedar abierta al relajarse toda la musculatura. Lo que ya no es de recibo es la catatonia o simulacro de muerte con historias de desgarro de uñas y manos al recuperar la conciencia dentro del ataúd y de la tumba, el “muerto” que se incorpora en el traslado al cementerio… Pues ¡mira que no ha dado lugar a historias, anécdotas y cuentos para no dormir! ¡Jó, que temica nos ha dejado Henry el Gordo para última hora de la noche!

    • Hola Astolgus,
      … de ahí la conocida expresión “salvado por la campana” que tiene su origen en la tapefobia, es decir, en el miedo a ser enterrado vivo. Colocaban una campana atada a un cordel que venía del ataúd durante el velatorio, no sé si en la actualidad hay lugares que siguen haciéndolo. Hay otra versión de esta expresión que es la que hace referencia al mundo pugilístico.
      Un abrazo, ya de día.

  2. Triste final para un rey que tuvo tanto poder. De todas maneras todos morimos, aunque espero que esos pobres animales no se intoxicaran. Déspota, cruel, intrigante, mentiroso, asesino y otras tantas virtudes. Un pésimo representante de la casa Tudor.

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