El Museo Antropológico del Dr. Velasco

Pocas veces, o casi nunca, un museo europeo se ha creado a partir del empeño, la determinación y la colección de un particular. El actual Museo Nacional de Antropología en Madrid y el Dr. Pedro González Velasco son buen ejemplo de ello, y entre leyendas -y probablemente también cierta envidia-, la pasión en su trabajo pudo más que cualquier otro contratiempo. Un museo que puede pasar inadvertido para todo aquél que llega a la ciudad en la estación de trenes de Atocha, a pesar de encontrarse enfrente de ella, junto al parque del Retiro y el Museo del Prado.

Una vida profesional de éxitos

Su origen no pudo ser más humilde pero eso no le impidió llegar a lo más alto. Nació en un pueblecito segoviano, Valseca de Boones, en 1815, y de niño fue porquero. Con 22 años tras la muerte de sus padres se trasladó a Madrid donde trabajaría de criado mientras estudiaba Medicina por las noches.

Siendo “cirujano de tercera clase”, antes de iniciar sus estudios de Medicina, comenzaría a reunir preparaciones anatómicas, y ya no pararía… Con 38 años obtuvo el doctorado en Medicina y su ascenso profesional sería imparable, fama unida a su excéntrica personalidad.

Sus logros profesionales le reportarían el dinero necesario para vivir de manera más que holgada, y en su residencia familiar del número 135 de la calle de Atocha inauguraría en 1854 su primer “Museo Anatómico” con las piezas y objetos reunidos hasta entonces: huesos, lesiones anatómicas sifilíticas, escrofulosas, deformaciones, fetos de distintas semanas de gestación, así como animales disecados e instrumental quirúrgico antiguo y moderno. Su fama de gran cirujano no haría más que aumentar gracias también a la espléndida e inédita colección, estando en boca de todos y convirtiéndose en visita de personas tan ilustres como el propio cardenal arzobispo de Toledo y primado de España, probablemente paciente suyo, dándole más popularidad y prestigio.

El Museo antes del Museo

En pocos años, el Dr. Velasco se vio obligado a aumentar el espacio de su museo particular trasladándose a pocos metros de su domicilio, concretamente al número 90 (actualmente 92) de la misma calle de Atocha, desplazando allí el museo y su propia vivienda. Su labor científica siguió aumentando y creó la Sociedad Antropológica Española. Entre los visitantes más ilustres e influyentes que hasta allí se acercaron encontramos al príncipe heredero de Mónaco, futuro Alberto I, y el rey Amadeo.

Su fama traspasó fronteras y fue invitado a exponer algunas de sus piezas en la Exposición Universal de París de 1867. Poco después, es nombrado catedrático de “anatomía quirúrgica, operaciones, apósitos y vendajes”, cargo que ejercerá con sumo gusto durante seis años.

Siempre tuvo presente el progreso científico y social, utilizando su museo como propaganda política, pero a finales de 1872 se le vuelve a quedar pequeño. Será entonces cuando decida levantar el actual palacio-museo, que con un coste de un millón de reales solicita ayuda al Estado sin respuesta favorable. Lejos de abandonar el proyecto decidirá poner toda su empeño y fortuna en él, y el 16 de abril de 1873 iniciará su construcción, inaugurándolo dos años después el mismo rey Alfonso XII.

La leyenda

En la actualidad, el Museo Nacional de Antropología de Madrid puede que sea más conocido por el público en general por dos objetos singulares que se encuentran en su interior: el “Gigante extremeño” y la presunta momia de la hija del doctor. Empezaré con esta última…

En una nota de prensa de 1873 se puede leer:

Se ha autorizado a D. Manuel Taín para trasladar al museo anatómico patológico del doctor González de Velasco el cadáver momificado de la hija de aquél, fallecida hace seis años a los 13 años de edad.

En realidad, el apellido es incorrecto, al ser Tarín, y el nombre de la fallecida, Carmen Tarín y Perdiguero, muerta por tisis pulmonar. Esto explica que la momia que aún hoy en día se puede contemplar en la Facultad de Medicina de la Complutense de Madrid con una errónea cartela que dice “534 Momia de la hija del Dr. Velasco”, no sea en realidad quien dice ser, la hija del Dr. Velasco.

Según la leyenda, era visitada todas las noches por su lacrimoso y presunto novio, un ayudante del doctor, y el Dr. Velasco, que nunca superaría su muerte, llenaría su casa de retratos y fotografías de su hija construyéndole una capilla en su honor. Se cuenta que exhumó su cadáver y lo trasladó a su casa, contra la voluntad de su mujer, llegando a enloquecer hasta el punto de momificar su cuerpo y no separarse nunca más de su cadáver compartiendo mesa y paseos en el parte del Retiro. Así, su cuerpo se expondría en una de las salas, maquillada, peinada y vestida, siendo finalmente exhibida en la Facultad de Medicina hasta el día de hoy.

En verdad, el cuerpo no se trataba de la hija del Dr. Velasco, sino que la fallecida, Carmen, le fue entregada para su investigación. Parece ser que fue enterrada en un nicho defectuoso que la momificó por las características químicas de un arroyo que pasaba a su lado, aprovechando este hecho los calumniadores para difundir la macabra leyenda. La viuda del Dr. Velasco –eso sí, contra su voluntad- sería la que devolvió el cuerpo de su hija a la Sacramental de San Isidro, en Madrid, en 1886.

El Gigante de Extremadura

Además de cabezas reducidas, momias guanches, fetos, malformaciones y alteraciones corporales secundarias a enfermedades, cuando el visitante entra en el Museo busca el esqueleto de Agustín Luengo, conocido también como el Gigante de Badajoz. Realmente era grande, medía 2,35 metros de altura, a consecuencia de su enfermedad, la acromegalia. Consciente de su corta vida decidió donar su cuerpo al Dr. Velasco a cambio de 3.000 pesetas de la época y un jornal diario hasta que falleciera, con 26 años.

En la actualidad, hay en Madrid una calle con el nombre del Dr. Velasco –entre la calle Alfonso XII y la ronda de Atocha-, justo homenaje a sus logros, entre ellos, construir la mejor biblioteca antropológica de España. Sí, puede que este Museo diera prestigio internacional al propio Dr. Velasco como cirujano, pero nadie pone en tela de juicio que también hizo lo propio con la docencia de la medicina. En una ocasión, el rey Alfonso XII le dijo que pidiera un deseo para poder continuar su labor, este le contestó:

“¡Que me concedan cadáveres para enseñar a los vivos!”

Para saber más:

“La momia de la hija del doctor Velasco. Disección de una leyenda”, Revista de la Escuela de Medicina Legal, 13, pp. 10-30

“La primera sociedad antropológica de España”, de Ana M. Verde Casanova, I Congreso Español de Antropología, Actas. Vol II, Barcelona, Universidad de Barcelona, pp. 17-38.

Para saber más:

Fotos del museo de antropología

La momia de la Facultad de Medicina

Links fotos:

Emilio; Concepcion AMAT ORTA; Tamorlan

Información basada en el artículo Una momia en el salón. Los museos anatómicos domésticos del doctor Velasco, de Luis Ángel Sánchez Gómez de la Universidad Complutense. Publicado en Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia 67 (2), julio-diciembre 2015, p111

5 comentarios en “El Museo Antropológico del Dr. Velasco

  1. Gracias, Francisco Javier, por esta entrada para mí tan grata. Me permito mencionar un hecho que engrandece aún más, si cabe, la memorable historia de este edificio tan ligado al descubrimiento científico. Tal como consta en una placa de la fachada que da a la estación de Atocha, en este edificio se instaló el Laboratorio de Investigaciones Biológicas de Santiago Ramón y Cajal. Al parecer, el cielo de Madrid iluminaba su interior a través de las dos ventanas más próximas a la placa. Desconozco lo que haya quedado de aquel laboratorio tras las posteriores reformas del interior del edificio, lo que sí se queda como vestigio de aquel tiempo memorable, oportunamente expuesta en la vitrina más próxima al esqueleto del gigante extremeño, es la placa esmaltada que supestamente daba entrada al “LABORATORIO DE INVESTIGACIONES BIOLÓGICAS. DR. CAJAL”.

  2. Me encanta la historia macabra, hasta sirve para una historia de terror al estilo Hollywood. Muy interesante ese lugar, que pena que no sabía de él cuando fui a Madrid. Será en otra ocasión u otra vida. Un abrazo.

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