El asedio de Belchite, trece días de lucha cuerpo a cuerpo

“Al pie del cañón”, cuadro del artista Augusto Ferrer-Dalmau que recrea la batalla de Belchite.

“Estar en el lugar equivocado en el momento equivocado”, una expresión que desgraciadamente se puede aplicar al pueblo de Belchite, a 50 kilómetros de Zaragoza (España). Durante la Guerra Civil (1936-1939) se vivieron duras batallas, aunque la ocurrida en agosto de 1937 perduraría en la memoria de España como una de las más crueles.

La batalla

El verano de 1937, Zaragoza se convirtió en objetivo principal de ambos bandos, el republicano y el nacional. Los primeros avanzaron en el frente del Ebro con la intención de distraer tropas en el frente del norte, pero antes debían ocupar Belchite -que se situó a favor del bando nacional- y para conseguir su propósito disponían de 8.000 hombres de las Divisiones 11ª y 35ª, aviones y carros de combate. Defendiendo Belchite los nacionales contaban con las fortificaciones defensivas de la época de los árabes, hombres en número que oscilan según las distintas fuentes entre 3.000 y 7.000, dirigidos por el comandante y alcalde de la población Alfonso Trallero.

El combate se inició el 24 de agosto y dos días después la población quedó cercada y parapetada entre los escombros. Los republicanos lo tenían fácil, solo tenían que dejarlos morir de hambre y sed, sin embargo no podían esperar, no debían demorarse en su conquista.

Republicanos entrando casa por casa

Nidos de ametralladora y sacos de arena como barricadas consiguieron frenarlos inicialmente, pero decidieron el asalto final con la XV Brigada Internacional. Durante trece días, la artillería y las bombas la convertirían en un amasijo de escombros. El horror y la barbarie se convirtieron en protagonistas irracionales y ya solo quedaba el combate cuerpo a cuerpo, casa por casa, hasta que el 6 de septiembre de 1937 fue tomada por los republicanos. Murieron 5.000 personas y los últimos combatientes que permanecían con vida resistieron en el Ayuntamiento. Viendo perdida la contienda, unos trescientos decidieron huir, solo ochenta llegarían a Zaragoza.

Los refuerzos prometidos por Francisco Franco nunca llegarían y pasaron seis meses hasta que fue reconquistado por los nacionales. La población censada en Belchite antes de la batalla era de más de 3.100 habitantes, tras la contienda solo 1.500.

Belchite convertido en símbolo

Calle Mayor

El dolor y la destrucción impactaron en la sociedad de la época y Francisco Franco ordenó que no se tocara ni una piedra como símbolo de su victoria y prueba de la “barbarie Roja”. Mandó construir un “pueblo nuevo” en la ladera opuesta de la colina levantado por los presos del bando republicano, que en condiciones infrahumanas, vivían en los pabellones del campo de concentración “la pequeña Rusia”. Hoy puede verse aún la gran cruz metálica negra levantada por el régimen de Franco en el mismo lugar donde se quemaron cientos de cadáveres de la batalla.

En 1954 se inauguró el pueblo iniciándose la acogida de sus antiguos vecinos que ocupaban  el  “pueblo viejo”, entre escombros, y en los barracones, realojándose todos diez años después.

Belchite hoy, entre turistas y fantasmas

Los hay que escuchan por la noche gritos desconsolados de niños entre los escombros, otros han visto llorar a la imagen de la Virgen, incluso dicen que se aparece Paulina y Antonia, dos de las mujeres muertas en los bombardeos. Un programa de televisión grabó en una ocasión ruidos de bombas y otras psicofonías confirmadas por expertos. Pero dejando a un lado estos misterios, recorrer las calles en ruinas, entrar en las iglesias destruidas y escuchar las explicaciones de los historiadores en uno de los tours turísticos que ofrece el Ayuntamiento, no deja indiferente a nadie y conciencia del horror de la guerra. Una guerra entre españoles, da igual que sean de derechas o de izquierdas, una guerra que nunca debió iniciarse porque las guerras solo traen desgracias.

Para saber más:

Web Oficial del Ayuntamiento

Links fotos:

kurtxioBenjamín Núñez González;ecelan;Paco Calvino; Víctor Hurtado y José Luis Martín Ramos

 

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