Debía tener «un nombre impactante y fácil de recordar», según Max Keith, director de la empresa que propuso un concurso a sus empleados para decidir el nombre de la nueva bebida que había creado bajo el Tercer Reich. Un veterano vendedor lo tuvo claro y propuso «Fanta», derivándola de la palabra alemana «Fantasie» y fácil de pronunciar en cualquier rincón del mundo.
En la actualidad, las hay con sabor a naranja, limón, fresa, melón, guaraná, jalea, aloe vera … y así hasta más de 90 tipos de Fanta. En la década de los ochenta se podía encontrar en Chile la Fanta Sol y la Fanta Frut; en Perú, desde hace siete años, la Fanta Kola Inglesa; en El Salvador se la conoce como Fanta Kolita y desde hace veinticinco años en Venezuela podemos verla con el nombre de Hit. Se llame como se llame, la Fanta es la bebida de sabores más consumidas en todo el mundo.
Ya hemos dicho en más de una ocasión que las guerras son malas, sin embargo, ayudan a agudizar el ingenio y a que la ciencia y la tecnología avancen. Durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes crearon en 1940 la Fanta como una forma de rentabilizar económicamente las plantas que tenía la Coca-Cola en suelo alemán, ya que desde el momento que los Estados Unidos entraron en guerra, su gobierno prohibió a las multinacionales comerciar con Alemania, como no podía ser de otra manera (Uy, perdón, esto suena muy de político).
Podría parecer extraño, pero desde que llegara la Coca-Cola a Alemania en 1930 se convirtió en la bebida estrella de los alemanes, convirtiéndose en grandes consumidores de este producto genuinamente americano. En realidad, se presentó como una marca local y alemana, bien, una mentirijilla sin importancia que caló bien en la población, de hecho, tras el fin de la guerra, los alemanes que se trasladaron a los EE. UU. se sorprendieron de que los norteamericanos la consumieran.
Así, la filial alemana «Coca-Cola GmbH» -que era el nombre que recibía la marca allí- dejó de recibir el concentrado de extractos utilizado para crear el refresco. Pensando, pensando, los directivos alemanes decidieron crear un nuevo refresco para evitar el cierre de la empresa utilizando productos excedentes que podían variar según el momento: fruta, pulpa de manzana, derivados del queso, sacarina, algo de azúcar y el suero de leche como elemento base.
Tras registrar la marca tocaba diseñar la botella y el logo, y quien mejor que el diseñador Raymond Loewy, el mismo que creó la botella de Coca-Cola, la cajetilla blanca de Lucky Strike y el logotipo de las gasolineras Shell. Como garantía de calidad se incluyó la frase «es un producto de Coca-Cola Gmbh». El éxito no se hizo esperar y en 1943 se vendieron tres millones de botellas.
Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1955, un embotellador italiano de Coca-Cola creó la bebida con sabor a naranja, que se convertiría en la más popular. A finales de la década de los 60 la empresa Coca-Cola adquirió Fanta y la exportaría a los Estados Unidos. Desde entonces su expansión no se hizo esperar y en 1961 la Fanta Naranja llegó a España, en 1979 a la Unión Soviética y así al resto de países.
Quedaba por esclarecer cualquier duda de la posible relación entre la empresa y el partido nazi. La propia compañía Coca-Cola investigó si Max Keith pudo apoyar al régimen al igual que ocurrió con otras muchas grandes empresas, sin embargo, no solo se comprobó que nunca se afilió al partido, sino que protegió a los empleados que estaban siendo investigados por los nazis.
Ahora solo queda relajarse y disfrutar de una deliciosa bebida, ¿por qué no una Fanta?
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Información basada en el artículo El oscuro pasado de Fanta: el refresco creado en la Alemania nazi, ABC Historia.
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