La ciencia del abad Nollet y cómo estuvo a punto de electrocutar a sus 200 monjes

Genio y científico “brillante”, no lo digo solo porque sus investigaciones tuvieran relación con la electricidad 😉 , el abad Jean Antoine Nollet es conocido entre otras cosas por los experimentos que realizó, algunos convertidos en verdaderos espectáculos para el público en general. En el siglo XVII, la física y otras ciencias se englobaban dentro de la filosofía, así, el mundo físico se exploró a través de la filosofía experimental. Algunas de las investigaciones que se hicieron bien podrían considerarse a nuestros ojos como “surrealistas”, pero cumplieron con su objetivo: el progreso de la ciencia.

Las primeras observaciones de la electricidad

Según cuenta Plinio “El viejo”, en el siglo X a. C. un pastor griego de nombre Magnus explica que en unos campos cercanos a Atenas se le salieron los clavos de sus sandalias y la tapa de hierro de su bastón quedando fijos en unas rocas negras, es una de las primeras observaciones del magnetismo. Más tarde, en el siglo VI a. C. Tales de Mileto describe que al frotar el ámbar con la piel del gato o la seda adquiría la propiedad de atraer objetos pequeños como el cabello o las plumas. La palabra electricidad deriva del latín «electrum», que a su vez proviene de la palabra griega «ήλεκτρον» («elektron»), que significa ámbar.

Tendrán que pasar muchos siglos para encontrar los primeros estudios científicos sobre la electricidad. En 1663, Otto von Guericke construye un aparato que permitía girar una bola de azufre que tras frotarla con un paño producía electricidad.

Condensador eléctrico ideado por Pieter Van Musschenbroek

Charles François du Cisternay du Fay a principios del siglo XVIII dijo que la electricidad podía ser de dos signos, positivo y negativo, la llamó “electricidad vidriosa” y “electricidad resinosa”, al ser producidas por el vidrio y las resinas, respectivamente.

En 1746 Pieter van Musschenbroek en la Universidad de Leyden, en Holanda, idearía la “botella de Leiden” para almacenar electricidad -el nombre se lo dio el abad Nollet-. Esta consistía en una jarra de vidrio llena de agua con un tapón de corcho, en la parte media contenía un alambre de metal que lo atravesaba y si una máquina generaba electricidad, la carga podía ser transferida y retenida en la botella. Así comienzan las observaciones de las cargas eléctricas.

El padre Nollet 

Nació en el seno de una familia humilde de Francia en el año 1700. Sus padres le enviaron a estudiar la carrera eclesiástica y llegó a ser el abad del Gran Convento de Cartujos de París, aunque dejaría los hábitos poco antes de cumplir los treinta años para dedicarse a la ciencia. Sin el dinero que necesitaba para adquirir los instrumentos que requería en sus experimentos los fabricó él mismo y los vendió obteniendo dinero y prestigio. Entre ellos destaca el tubo especial al vacío que creó en 1749, con un alambre que sellaba uno de sus extremos que conectaba a una máquina de electricidad estática con el que producía suficiente luminosidad para leer letras grandes en la oscuridad. Sus colegas le dieron el nombre de “el huevo eléctrico”, que posteriormente evolucionó a tubo de Gleisser y después a tubo de Crookes, utilizado por Roentgen para descubrir los Rayos X.

Nollet siempre se sintió fascinado por los experimentos relacionados con la electricidad de Benjamín Franklin y sabedor de que el cuerpo humano era capaz de transmitir la electricidad se propuso demostrarlo.

Los sorprendentes experimentos de Nollet

Organizaba verdaderas representaciones en sus experimentos, incluso en la corte real y con el rey de Francia Luis XV entre el distinguido público. Convirtió sus reuniones en sesiones científicas y místicas a la vez, causando asombro y furor. En muchas ocasiones, hizo participar a los presentes, algunos verdaderamente atemorizados tras ser elegidos.

Uno de los ensayos más conocidos consistió en invitar a alguna dama presente a dar un beso a un muchacho previamente electrizado. De esta forma, tan pronto como la mujer acercaba sus labios a los del joven, saltaban literamente “chispas” entre ellos, por supuesto, este beso eléctrico se hizo muy popular.

Algunas de las pruebas las realizó en cuartos oscuros y los cuerpos electrizados a suficiente voltaje ionizaban el aire circundante, produciendo un resplandor luminoso alrededor de los individuos que asociaban algunos a “espíritus animales”, incluso Descartes propuso que podría corresponder a una parte del alma que salía del interior.

Un día de primavera de 1746 reunió a 200 monjes “voluntarios” de su convento, cada uno separado de los otros a 7,5 metros y unidos entre sí por un alambre de hierro atado a la cintura formando una fila de más de un kilómetro. A los monjes de ambos extremos les pidió que tocasen dos cables por los que pasaba electricidad a través de una batería formada por varias botellas de Leiden. Tras una descarga eléctrica, todos saltaron al unísono.

Tiempo después quiso repetir este experimento -claro, no hubo ningún monje que quisiera participar- y convenció a 180 guardias reales, también saltaron por los aires tras la descarga.

Muchos consideron la electricidad parte del alma y para demostrarlo, en 1772, se usó una cadena de 20 personas de las cuales tres, eran castrati. Así se quería demostrar que debía tener una relación íntima con los impulsos sexuales y la corriente eléctrica no podía correr a través de un organismo con la sexualidad perturbada, sin embargo, tras la prueba se demostró que los castrados conducían la electricidad tan bien como cualquier otro hombre.

Sus conferencias sobre electricidad fueron publicadas en seis volúmenes y reimpresas varias veces. Con cierto orgullo, el abad Nollet determinó científicamente que la velocidad de la electricidad era… “muy alta”. Dejando a un lado esta “categórica” conclusión, el experimento de los monjes se aplicó tiempo después como precursor del telégrafo y en la varilla de los pararrayos, así pues, en ocasiones, pequeños y sorprendentes experimentos ayudan también hacer avanzar  la ciencia.

Un libro:

Remedios de antaño: Episodios de la historia de la medicina, de Fco. González Crrussí (2012) Fondo de Cultura Económica.

Para saber más:

López P. Plinio el Viejo y los imanes. El rincón de la ciencia 2004; 25:1

Link foto:

Museo Epigijón

Información basada en el artículo de Anales de Radiología México 2005; 4:365-370 Dr. Fernando de Alba Quintanilla.

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