Los delirios de Felipe V “el Animoso” (y no eran de grandeza)

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El actor Fernando Conde interpretando a Felipe V en la serie de RTVE El Ministerio del Tiempo

Felipe V fue el primer rey Borbón de España, el que más años ha reinado y el único que lo hizo dos veces, tras la muerte de su  hijo. Siendo francés como era no lo tuvo fácil, de hecho, no hablaba español, pero cayó bien al pueblo. Guapo, inteligente, alto, dulce y sencillo, tras la adolescencia comenzó a presentar baja autoestima y remordimientos, quizá debido a una sobreprotección durante su infancia por la corte francesa.

Sus primeros años como monarca fueron los más activos y felices para el monarca, y tras la muerte de su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya, comenzó a alternar episodios de lucidez y euforia -especialmente en tiempos de guerra, de ahí lo de “el Animoso”-, con semanas depresivas e hipocondríacas y sensación de muerte inminente.

Sus delirios

No es sencillo dar un diagnóstico a sus males por la variedad de síntomas que presentaba, algunos dicen que presentaba un trastorno bipolar. De personalidad neurótica, tenía gran miedo al ridículo, era hipocondríaco, depresivo y huía de las responsabilidades de su regio cargo.

Fogoso en el lecho real con sus dos esposas, el sexo se convirtió en su obsesión, eso sí, no se le conocen amantes. Consciente de ello, le provocaba un terrible sentido de culpabilidad que solo aliviaba tras la confesión, incluso se hizo acompañar en la habitación en la que dormía con su confesor para poder redimirse espiritualmente tras mantener relaciones sexuales.

Entre sus manías encontramos la obsesión de morir envenenado a través del contacto con la ropa, así, en 1728 recibió a unos embajadores descalzo y solo con la parte de arriba el pijama. Durante sus episodios depresivos presentaba ataques de bulimia y trastornos del sueño que le obligaban a celebrar las juntas de gobierno a medianoche y deambulaba por las estancias del palacio. Durante el día evitaba el contacto directo con el sol sospechando que le mataría. No se cortaba el pelo y se dejaba crecer las uñas de las manos y de los pies pensando que disminuirían sus males, tanto que en ocasiones no podía ni caminar.

Es a partir de 1717 que su locura se hace más manifiesta. En una ocasión le frenaron al intentar montar un caballo representado en los tapices de los Reales Alcázares, presenta recurrentes pesadillas como cuando trataba de atravesar con una espada a un fantasma, pero puede que el trastorno que más sorprendiera fuera la negación de no tener alguna de sus extremidades, incluso asumir que no estaba vivo o no ser humano, un delirio conocido hoy como de Cotard. Así pues, en plena crisis podíamos ver al monarca brincando por los jardines del Palacio como si fuera una rana.

Con el tiempo se manifestaron alteraciones físicas como dolores de cabeza, y cualquier comida le sentaba mal -o al menos eso pensaba- hacía muecas y se mordía a sí mismo. Lo único que le calmaba era el canto de Farinelli “il castrato”, que durante 20 años le acompañó cada noche.

Retrato de Felipe V e Isabel Farnesio, de Louis-Michel van Loo (1743) Museo del Prado (Madrid)

Isabel de Farnesio, su segunda mujer, nunca se separó de él a pesar de tener que convivir con las fases más duras de la enfermedad, especialmente tras la fallida abdicación en su hijo Luis I en 1724, que ocho meses después murió afecto de viruela. Durante este tiempo se retiraron al Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, donde la reina siempre estuvo informada de lo ocurrido en la Corte de Madrid.

Debiendo Felipe volver a reinar por segunda vez, su mujer, de carácter autoritario, gobernó más que el mismo Felipe debido al empeoramiento del rey, que le obligó vivir recluido en el desaparecido Real Alcázar de Madrid, por un incendio de incierto origen ocurrido en 1734 en el solar donde actualmente se erige el Palacio Real.

A partir de entonces Felipe V ejerció de Rey consorte de su mujer. En los documentos firmaban con la frase “el Rey y yo” reflejando el poder de ella en el gobierno. Al final de su vida se recluyó al palacio de El Pardo, donde se pasaba todo el día en la cama, sucio, gritando, peleándose y mordiéndose a sí mismo.

Probablemente el cariño y la atención recibida por sus dos mujeres representó un apoyo importante en sus períodos depresivos y tras 45 años de reinado murió derrotado, decrépito y con la mirada perdida tal como le retrataron los pintores de la época. Un final nada regio. No fue enterrado en la cripta real del Monasterio de El Escorial, como los reyes de la casa de Austria y sus sucesores Borbón, sino que sus restos reposan junto con los de su esposa Isabel Farnesio en un mausoleo dentro del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, su preferido al recordarle la corte francesa.

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