Dos orejas y el rabo

Publicado por
Verónica de Ginés Marín (15 de Agosto 2018)

Dejando polémicas a un lado, que seguro las habrá, me gustaría acercaros el origen de la curiosa costumbre en las corridas de toros de otorgar al espada, tras una excepcional faena  y a petición del público, las orejas y el rabo del toro.

No se sabe con certeza cuándo aparecen las corridas de toros, algunos documentos los sitúan en el siglo XI en Ávila y en el siglo XIII en Zamora, sin embargo, las corridas de toros entendidas como el espectáculo que hoy conocemos, se originó en España a finales del siglo XVIII.

Los trofeos de las orejas y el rabo se legalizaron en 1962, pero es una costumbre mucho más antigua, establecida como “ley” en todas las plazas. En otros tiempos, el torero que triunfaba durante una corrida de toros podía ser obsequiado con las carnes del animal que acababa de estoquear, siempre de forma excepcional y cuando asistía el Rey. Cortaba una oreja del animal, la mostraba al público como señal de propiedad y se dirigía al desolladero con ella para reclamar su premio. La primera noticia de este hecho es la referida por el francés Antoine de Brunel, en 1655, tras presenciarlo en Madrid.

Esto representaba un premio económico importante, cuando los honorarios del matador no superaban los 2400 reales, por otra parte, representaba un duro golpe para el empresario que organizaba el evento, así que, con el tiempo, a cambio de la oreja el matador recibía una onza de oro, algo que era visto como una simple limosna a ojos del matador.

Será a mediados del siglo XIX que los toreros aumenten sus estipendios y desaparezca la concesión del toro y de las orejas. El 29 de octubre de 1876, en la Plaza de Toros de la Fuente del Berro, en Madrid, el matador José Lara “Chicorro” fue el último en recibir el toro, ante la presencia del Rey Alfonso XII.

No será hasta el 2 de octubre de 1910 en la Plaza de Toros de Madrid, con la valiente actuación de Vicente Pastor, que se establezca oficialmente como trofeo serio el cortar orejas y rabos, para ir extendiéndose poco a poco por todas las plazas del territorio español. El problema surgió cuando los criterios para conceder los trofeos se devaluaron, muestra es la faena de Fermín Espinosa “Armillita” del 29 de julio de 1934, en la que se le concedieron dos orejas, el rabo, las cuatro patas y las criadillas del astado, en fin, casi el toro entero, convirtiéndose en la faena más premiada de la historia.

Es moral lo que hace que uno se sienta bien, inmoral lo que hace que uno se sienta mal. Juzgadas según estos criterios morales que no trato de defender, las corridas de toros son muy morales para mí

Ernest Miller Hemingway 

Para saber más:

Escaleradelexito.com

Link foto:

Pablo Cobos

6 comentarios

  1. En el “premio” a Armillita el público se pasó diez pueblos o diez plazas de toros y menos mal que, al parecer, no se cargó el torito a ningún caballo sino hubiera habido también despiece y reparto de penacho, cola y testes de cheval

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