El cruel ayuno de Sancho I “el Craso” (el Gordo)

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El rey Sancho I de León, de Eusebi Valldeperes (Museo del Prado-Depositado actualmente en el Ayuntamiento de Úbeda)

Viendo el cuadro de arriba nada hace sospechar que el rey Sancho I de León representado aquí pesara en realidad 240 kilogramos (de aquí el sobrenombre de “el Craso”). Esto le representó un serio problema para reinar y no le quedó otra opción que ponerse en manos de uno de los médicos más prestigiosos del siglo X, el médico judío de Abderramán III, primer califa omeya de Córdoba, Hasday ibn Shaprut. ¿Consiguió su objetivo? Pues… sí y no.

El contexto histórico

Con el inicio de la Reconquista de Don Pelayo contra los musulmanes se formaron una serie de condados y reinos cristianos que lucharon entre ellos para aumentar sus territorios, a la vez que la frontera norte del al-Ándalus se encontraba debilitada por el caos de los anteriores emires. Entre todos los territorios cristianos destacó el leonés del rey Ramiro II, padre de nuestro protagonista, quien evitó la disgregación de Asturias, Galicia y León y frenó los intentos de expansión de Abderramán III.

Tras la muerte de Ramiro II su reino entró en crisis debido principalmente a las luchas entre los condes de León, aumentando el poder de nobles cordobeses, navarros y castellanos. Por otra parte, se sucedieron las incursiones militares (aceifas) que los sarracenos solían hacer en verano en los territorios cristianos en el norte, tanto para ponerles freno, como para obtener botín en sus territorios. Ya con el título de Califa, Abderramán III, se proclamó señor espiritual y temporal de todos los musulmanes de al-Ándalus y las provincias africanas, así como protector de las comunidades judía y cristiana, representando el apogeo del Islam en la Península Ibérica. El Califato intervino (según le convenía) en las luchas dinásticas de la monarquía leonesa, convirtiéndose los reyes leoneses en meros clientes políticos del Califa.

Sancho I “El Gordo”

Hijo de Ramiro II y de la infanta navarra Urraca Sánchez, nació en el año 933. Tercer hijo varón del rey, relegado por sus hermanos Vermudo -fallecido prontamente- y Ordoño. Con tan solo once años recibió de su padre el gobierno sobre el condado de Castilla en sustitución de Fernando González y, aunque poco se conoce de su infancia, de las crónicas se sabe que le gustaba comer, ingiriendo alimentos siete veces al día con 17 platos diferentes, la mayoría alimentos de carne de caza. Su sobrepeso llegó de adulto a los 240 kilogramos, algo que llamaba la atención de todos, más aún en un tiempo donde la comida escaseaba entre el pueblo y no era algo habitual ver gente obesa. Su obesidad mórbida le incapacitó físicamente hasta el punto de no poder ni tan siquiera ponerse la armadura y mucho menos subir a su caballo y empuñar una espada.

Con 18 años vio cómo su hermano Ordoño fue nombrado rey, sin embargo, tras cinco años de reinado murió, siendo Sancho coronado en Compostela con el apoyo de nobles gallegos, navarros, castellanos y algunos, pocos, leoneses. Y es que sus súbditos le vieron incapaz de reinar y de defender su reino, además, cortó las relaciones con su tío, el conde castellano Fernán González, quien comenzó a calumniarle y decir que su obesidad le impediría tener descendientes, incrementando su rechazo por todo el reino. En el año 958 Fernán González conjuró contra él, y Sancho perdió su trono, humillado y sin tan siquiera poder defenderse, coronándose su primo Ordoño Alfonso con el apoyo de gran parte de la aristocracia leonesa.

Sancho quiso recuperar su reino y buscó refugió en Navarra bajo la protección de su abuela, Toda Aznárez, que solicitó la ayuda de Abderramán III. El precio que puso el omeya estaría a la altura del objetivo: la cesión de diez fortalezas en la frontera. Para conseguirlo dispuso que su mejor médico, el judío nacido en la actual Jaén, Hasday ibn Shaprut, tratara a Sancho de su problema de obesidad.

El cruel ayuno

El galeno dominaba tanto el romance, como el hebreo y el árabe. Tradujo a este último idioma la obra botánica de Dioscórides, y además de ser buen médico, también era un habilidoso diplomático con experiencia. Lo primero que hizo fue hacer venir a Córdoba a Sancho y así poder tratarlo en mejores condiciones, tarea nada fácil al no poder montar en caballo. Una vez en la ciudad iniciaría su drástico tratamiento.

Para evitar que ingiriera alimentos sólidos le cosió la boca, dejándole solo una abertura en los labios por la que a través de una pajita poder ingerir “siete infusiones diarias en las que se combinaban agua salada, agua de azahar, agua hervida con verduras y frutas. Es muy probable que las infusiones contuviesen teriaca, que contenía un número variable de ingredientes, en ocasiones más de 70, entre los cuales se encontraba el opio”. Aún más, para asegurarse de que no comiera nada le ataron manos y pies a la cama en su habitación, de la que solo saldría para dar largos paseos por los jardines de palacio, a modo de ejercicio, tarea harto difícil que requería la ayuda de varios sirvientes y de un andador. Al finalizar el día debía permanecer varias horas en un baño de vapor para eliminar líquido que le ayudaría en bajar el peso.

Según las crónicas, este cruel tratamiento se alargó durante 40 días consiguiendo perder la mitad de su peso: ¡120 kilogramos! La piel se tornó tan flácida que tuvo que someterse a intensos masajes para recuperar su firmeza, pero, por fin, consiguió su objetivo: poder montar a caballo, ponerse una armadura, sujetar su espada y yacer con una mujer, algo imposible hasta entonces.

Ya recio, aunque no obeso, se puso al mando de su tropa y de un ejército de musulmanes que marcharon sobre Zamora en el año 959, apoyándole navarros y el conde de Monzón. Ordoño abandonó el trono y Sancho I recuperó en abril la corona.

Se casó con Teresa Ansúrez, de la familia condal de Monzón, con la que tuvo un hijo. Sus coetáneos comenzaron a describirle como “devoto, prudente y piadoso”, por cierto, nunca cumplió su palabra y no cedió ninguna fortaleza a Abderramán III.

Siete años después, nobles portugueses y gallegos conspiraron contra él, y el conde de Oporto, Gonzalo Menéndez, lo envenenó con una manzana, muriendo entre el 16 y el 18 de noviembre del año 966. Su cuerpo fue enterrado en el hoy ya desaparecido leonés Monasterio de San Salvador de Palat de Rey, junto a su padre y hermano.

Algunas consideraciones finales

No quisiera terminar sin antes advertir que este tipo de “dieta”, además de poco creíble, no es sana ni aconsejable. Sabemos que el cuerpo humano aguanta mejor la falta de ingestión sólida que de agua, también es bien conocido que con el ayuno la energía se obtiene primero del glucógeno hepático y de la metabolización de los ácidos grasos. El cerebro, que sigue necesitando energía para sus funciones vitales, con la grasa agotada, obtiene dicha energía del músculo, entrando el cuerpo en cetosis y desapareciendo la sensación del hambre, a la vez que el cuerpo se intoxica por el acúmulo de los cuerpos cetónicos que no pueden eliminarse. Si bien el rey Sancho I pudo aguantar su tratamiento durante 40 días por las elevadas reservas de grasas de su cuerpo, sus fuerzas estarían tan mermadas que no podría moverse.

Así pues, permitidme un consejo: la mejor forma de bajar el peso de forma segura es ponerse en manos de un especialista y recordad que no existen las dietas milagrosas.

Para saber más:

A. Ceballos-Escalera, Reyes de León (2): Ordoño III (951-956), Sancho I (956- 966), Ordoño IV (958-959), Ramiro III (966-985), Vermudo II (982-999). Burgos, Ed. La Olmeda, 2000, págs. 95-110

Link imagen:

Arqueologíadelamedicina.com

Información basada en el artículo Hasday: tratamiento de la obesidad en el siglo x, de Pedro Gargantilla publicado en ElSevier Vol. 63. Núm. 2, págs. 100-101 (Febrero 2016)

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