Koch versus Pasteur, una rivalidad muy fructífera

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Dicen que la única manera de ser más listo es enfrentarte a un oponente más listo. En el progreso humano y en la ciencia encontramos ejemplos de ello para fortuna de la humanidad. Nikola Telsa y Thomas Alba Edison, en su “guerra de las corrientes”; Alexander Graham Bell y Elisha Gray, con la patente del teléfono; Robert Oppenheimer y Edward Teller, con la bomba atómica (este más controvertido), son solo algunos de los muchos ejemplos de ello. Pero si hay una rivalidad que benefició el desarrollo de la medicina, esa fue la que protagonizaron el francés Luis Pasteur y el alemán Robert Koch.

Para entenderla hemos de situarnos en el contexto bélico de la época. La guerra franco-prusiana, aunque corta en el tiempo (julio 1870 – mayo 1871) representó una verdadera masacre, especialmente para los franceses. Terminó con la completa victoria de Prusia y sus aliados, surgiendo el Imperio alemán y ocasionando la caída del Imperio Francés, con el inicio de la Tercera República Francesa. Al inicio de la contienda Koch tenía 27 años y Pasteur 48 años. En medio del fervor nacionalista Pasteur se opuso a la guerra, mientras que Koch terminó por alistarse como voluntario.

Hasta entonces el origen de las enfermedades se intentaba explicar por la herencia, la falta de higiene e incluso como un castigo de los dioses. Fue entonces que plantearon la sorprendente hipótesis de asociar a esos bichitos que veían en sus microscopios como causa de algunas enfermedades.

Unas investigaciones revolucionarias

Antes de la guerra, Louis Pasteur, académico con un doctorado, extrovertido, competitivo y con afán de protagonismo, ya había realizado grandes aportes en sus investigaciones y su figura era reconocida en todo el mundo al revelar el origen microbiano de la fermentación, refutar la teoría de la generación espontánea e inspirar al cirujano Joseph Lister a adoptar la asepsia en su cirugías. Tras la guerra desarrolló la vacuna contra el carbunco animal, el cólera aviar y la rabia.

Robert Koch no contaba con ningún doctorado, era tímido, introvertido y ejerció como médico rural, trabajando solo y en el anonimato. El lema que marcó toda su vida era nunquam otiosus (nunca inactivo), y así fue. Influido por maestros como Jakob Henle durante sus estudios en la Facultad de Medicina, quien había conceptualizado por primera vez el origen de un contagio con un agente vivo al decir “No es la enfermedad lo que se transmite, sino su causa”. Emmy, su mujer, con los escasos ahorros que dispuso le regaló un microscopio. Ese fue el principio de una vida dedicada a la microbiología. Entre sus descubrimientos destacan la confirmación del Bacillus Anthracis como causante del carbunco, la formulación de sus Postulados y la identificación del Mycobacterium tuberculosis como causa de la tuberculosis. Los méritos científicos de uno y otro son excepcionales.

Encuentros y desencuentros

Koch expuso en 1876 sus teorías sobre la transmisión de los agentes infecciosos y Pasteur diseñó unos experimentos que apoyaban sus conclusiones. Sin quererlo, ambos colaboraron entre ellos. Pasteur apoyó los datos de Koch y este ratificó “la teoría del germen de la enfermedad” postulada por Pasteur. Puede que fuera la única coincidencia entre ambos.

Son numerosas las descalificaciones que se hacían el uno del otro en reuniones y congresos científicos internacionales donde coincidían, en ocasiones agravadas por el desconocimiento mutuo del idioma y alguna que otra mala traducción.

En el Séptimo Congreso Médico Internacional celebrado en agosto de 1881, en Londres, coincidieron ambos científicos. Koch presentó las fotografías en las que demostraba su técnica para obtener colonias puras en medios sólidos, generando el entusiasmo entre la audiencia. El cirujano Joseph Lister presentó a Pasteur a Koch, y a pesar de sus diferencias políticas, Pasteur felicitó la presentación de Koch diciendo “C´est un grand progres, Monsieur”.

Al año siguiente, en otro congreso, debido a un error de traducción en el discurso de Koch, se reprochó a Pasteur que no tenía formación de médico y quitó valor a sus hallazgos sobre el carbunco.

Los reconocimientos a sus logros científicos fueron numerosos. Pasteur recibió la Legión de Honor y Koch recibió el Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1905 por sus trabajos sobre la tuberculosis. Ambos dirigieron los respectivos Institutos que llevan su nombre y que aún hoy en día siguen siendo referentes mundiales.

Louis Pasteur falleció de un ictus y sus restos descansan en el Instituto Pasteur, mientras que Robert Koch murió en 1910 de un ataque al corazón y sus cenizas se encuentran en el Instituto Robert Koch, en Berlín. Sus investigaciones hicieron que ambos fueran valorados respectivamente como Padre de la Inmunología y de la Bacteriología moderna.

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