Juana y el Palacio Real de Tordesillas

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La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina, de Francisco Pradilla y Ortiz (1906) Museo del Prado.

Condestables, Duques, Reyes, Reinas, Infantes, Comuneros, Tratados… Sin duda, Tordesillas fue un lugar de importancia histórica indiscutible. Localizada en la provincia de Valladolid, se la menciona por primera vez en un documento del año 939 cuando Abderramán III pasó por allí con su ejército de 100 000 hombres después de sitiar Zamora. Cuatro siglos después, el monarca Alfonso XI ordena construir un Palacio Real  en el que residirá junto a su favorita, Leonor de Guzmán, y posteriormente el rey Enrique III manda construir otro nuevo palacio próximo al Convento de Santa Clara, a la orilla del río Duero. Por desgracia para todos los amantes de la Historia el rey Carlos III lo derribó en el siglo XVIII, pero como no hay mal que por bien no venga, existe abundante documentación que muestra la importancia que adquirió con la Dinastía Trastámara, en especial con su más longeva moradora, Juana «la Loca».

Su tortuosa relación con Felipe

Un matrimonio pactado por cuestiones políticas en 1496 fue lo que marcaría el resto de su vida y el futuro de España. Su esposo, Felipe «el Hermoso», duque de Borgoña, la deslumbró desde el primer día. Tras la muerte de Isabel «la Católica» en 1504, Juana fue proclamada reina de Castilla, aunque se determinó que gobernara junto a su esposo y su padre, Fernando «el Católico». Cuatro años después sucedió un hecho inesperado para todos: la muerte de su marido Felipe, en Burgos

El cortejo fúnebre atravesó tierras castellanas hasta Tordesillas,  depositando sus restos mortales en el Real Convento de Santa Clara, donde velará su ataúd hasta que fue trasladado a Granada en 1525, cumpliendo su voluntad de ser enterrado junto a Isabel «la Católica».

Juana «la Loca» tenía un carácter oscilante entre la euforia y la melancolía y los que entienden del tema explican que podría tratarse de algún tipo de trastorno obsesivo compulsivo o incluso una bipolaridad. De hecho, su abuela Isabel de Portugal también presentaba un clínico de depresiones y actitud melancólica.

Nadie duda hoy de que se obstaculizó la salida de Juana del Palacio Real alegando sus problemas mentales, y para ello se ordenó poner a personas de la confianza de Fernando «el Católico» y de su hijo, Carlos, gobernadores que se hicieran cargo de su estancia en Tordesillas, actuando en ocasiones como verdaderos carceleros.

Juana es un personaje de una trascendencia histórica indudable y si hay un episodio en particular que siempre me llamó la atención es el sucedido en uno de sus partos:

Encontrándose con su marido Felipe I de Castilla en la ciudad de Gante, en avanzado estado de gestación, se levantó una noche de la cama para acompañarlo en el baile que ofrecieron a sus invitados. Pasada la una de la madrugada se sintió indispuesta y la acompañaron a las letrinas del palacio. Allí mismo parió al que sería el monarca más poderoso de Europa, Carlos I de España y V de Alemania, sin duda, un parto nada regio.

Su «diabólica enfermedad»

Un documento escrito por el obispo de Málaga tras su visita a la reina en Tordesillas describe las condiciones en las que vivía:

 

La reina duerme en el suelo, como antes. No se cambia de ropa interior, ni se peina ni se lava la cara. Su falta de higiene es grande, tanto en su rostro como, según dicen, en las demás partes de su cuerpo. Y come en el suelo, en platos de barro, que luego esconde debajo de los muebles. Su vestir es tal que casi no es permitido nombrarlo así. Y todo semejante… Pierde muchas veces la Misa, porque suele almorzar a la hora en que se celebra y no encuentra ocasión de oírla en el resto del día.

Otra carta, dirigida a Felipe II y escrita por el jesuita Francisco de Borja un año antes de la muerte de Juana, propone “impedir a las mujeres al servicio de la reina entrar en sus habitaciones, que se coloquen crucifijos en todas las dependencias del palacio, y que la propia infeliz oiga Misa diaria y a ser posible se le lean los Santos Evangelios”. Se trataba de un tratamiento espiritual al que accedió Felipe II, pero se negó a someterla al exorcismo que le recomendaron para liberarla de los demonios que habitaban en su interior.

Carlos I visitó en varias ocasiones a su madre en Tordesillas, aunque fue Catalina de Austria, hija póstuma de Felipe el Hermoso, la única que vivió junto a ella en el Palacio Real de Tordesillas durante… 16 años.

Juana era una persona inteligente, culta y formada. Bien pudo suceder que tras su largo cautiverio de 46 años en Tordesillas se agravara su problema mental como consecuencia del mismo. En realidad fue la última Trastámara, aunque nunca llegó a ejercer su poder a pesar de ser la primera reina de las Españas y de las Indias, muriendo a los 75 años de edad, el 12 de abril de 1555. Juana pasó a la historia como Juana «la Loca».

Para saber más:

Tordesillas

Contrato matrimonial entre Juana y Felipe

5 comentarios

    1. Hola Poupée,
      y en el caso de Juana de Castilla imagina qué diferente podría haber sido la historia de España si hubiera reinado. Es una de las figuras históricas que más me apasionan por lo que fue y pudo haber sido.
      Un saludo

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