Enrique IV, un rey difamado, pero también impotente

Sello de Enrique IV de Castilla y León, Museo Arqueológico Nacional (Madrid)

Enterrado en un lugar desconocido del monasterio jerónimo de Guadalupe, durante una restauración de la iglesia, un operario encontró dos ataúdes de madera debajo del cuadro de la Anunciación en el lado del Evangelio del altar mayor. Uno de ellos correspondía a los restos momificados de la reina María de Aragón; el otro, envuelto en un sudario de lino y con rastros de ropa de terciopelo y zapatos, su hijo Enrique IV, Rey de Castilla desde 1454. La exhumación del cuerpo en 1946 por el médico e historiador Gregorio Marañón planteó por primera vez que el monarca era un enfermo de cuyos síntomas se aprovecharon sus numerosos enemigos para difamarle. Y es que tras su muerte se enfrentaron los partidarios de su hermanastra Isabel “la Católica” contra los de su hija Juana “la Beltraneja”, alegando que no era su hija, pues Enrique IV era estéril. Los ganadores de esa contienda en la sucesión de la corona marcaron la historia de España y del mundo entero durante los siglos posteriores.

Los cronistas de la época

Marañón encontró el esqueleto armado con la cabeza desprendida espontáneamente del tronco y con la piel apergaminada. Medía 1,70 metros, teniendo en cuenta que la momificación hace disminuir la talla hasta quince centímetros hemos de pensar que era muy alto, además, su tórax y cadera ancha le llamaron la atención por su corpulencia, datos que coincidían con las descripciones físicas que hacen de él las crónicas contemporáneas.

Puede que la causa de su muerte nunca llegue a saberse, puede que fuera envenenado por sus enemigos, pero la causa principal de su fallecimiento debió de ser una uropatía obstructiva aguda secundaria a una litiasis renal crónica que justificarían los síntomas que padeció “dolor de costado, mal de ijada y hematuria”, empeorando su síntomas los mórficos que le administraban los médicos para aliviarle el dolor de los cólicos renales que sufría.

Enrique IV presentaba probablemente impotencia, una posible anomalía peneana e infertilidad, y es que desde los primeros Trastámara el linaje obligaba a la endogamia y esta consanguinidad provocaba en ocasiones presentar malformaciones e impotencia. Marañón y otros especialistas como el urólogo Emilio Maganto Pavón coinciden en decir que estas afecciones estarían producidas por un problema endocrino, quizá un tumor hipofisario productor de la hormona de crecimiento y la prolactina.

Entre los cronistas destacan Alfonso de Palencia y Diego Enríquez del Castillo, el primero, gran difamador de su figura, el segundo, cronista del rey que le describe así:

Era persona de larga estatura, espeso en el cuerpo y de fuertes miembros. Tenía las manos grandes, los dedos largos y recios. El aspecto feroz, casi a semejanza de león, cuyo acatamiento ponía temor a los que miraba. Las narices romas y muy llanas, no que así naciera más porque en su niñez recibió lesión en ellas. Los ojos garzos y a los párpados encarnizados; donde ponía la vista mucho le duraba el mirar. La cabeza grande y redonda, la frente ancha, las cejas altas, las sienes sumidas, las quijadas luengas, tendidas a la parte de abajo. Los dientes espesos y trespellados, los cabellos rubios, la barba crecida y pocas veces afeitada; la tez de la cara entre rojo y moreno, las carnes muy blancas. Las piernas luengas y bien entalladas, los pies delicados.

Por el contrario, Alonso de Palencia no le deja muy bien parado, incluso habla de su homosexualidad, algo no probado.

Bien se pintaban en su rostro estas aficiones a la rusticidad silvestre. Sus ojos feroces, de un color que ya por sí demostraba crueldad, siempre inquietos en el mirar, revelaban con su movilidad excesiva la suspicacia o la amenaza; la nariz deforme, aplastada, rota en su mitad a consecuencia de una caída que sufrió en la niñez, le daba gran semejanza con el mono; ninguna gracia prestaban a la boca sus delgados labios; afeaban el rostro los anchos pómulos, y la barba, larga y saliente, hacia parecer cóncavo el perfil de la cara, cual si se hubiese arrancado algo de su centro.

Otros cronistas le definen como una persona con ingenio, hablador, enemigo de los escándalos, amante de la caza y protector de los monasterios, así como piadoso con los enfermos, pero si hubo alguien que manipuló como nadie sus debilidades para su propio beneficio ese fue el Primer Duque de Alba, quien terminó por servir a los futuros Reyes Católicos. Muchos historiadores coinciden en decir que, si bien muchos de los textos exageraron sus problemas, no fue así con los rumores sobre su impotencia.

Los problemas sexuales del rey

Enrique, siendo Príncipe de Castilla se casó con 15 años de edad con la Infanta Blanca de Navarra. Según refieren las Crónicas ” (…) después de la boda la princesa quedó tal cual nació, de que todos tuvieron gran enojo”, constatado por los mandatarios y cortesanos que, tal como dictaban las leyes de Castilla, comprobaron “in situ” ante notario la no consumación del matrimonio con la exhibición de la sábana. Esa es la primera referencia a los problemas sexuales del monarca.

El todavía príncipe, intuyendo que su padre moriría en breve, buscó una excusa para romper su alianza con Navarra y así acercarse a Portugal con su enlace con la hija de los reyes lusos, doña Juana. Tras tres años de matrimonio alegó que había sido incapaz de consumarlo y en 1453 un obispo declaró nulo el matrimonio a causa de la impotencia sexual perpetua provocada por un… ¡maleficio! El embrujo en cuestión hacía referencia únicamente a que su impotencia solo afectaba al matrimonio con su mujer y no a relaciones futuras, y para demostrarlo varias prostitutas de Segovia declararon haber tenido relaciones sexuales plenamente satisfactorias con Enrique.

Ya rey, el 20 de mayo de 1455, contrae matrimonio con la hija del rey de Portugal, una bella mujer, pero con un carácter demasiado “alegre” y “frívolo”. Enrique lo tenía claro y tiempo atrás derogó la antigua ley castellana por la que se obligaba disponer de testigos que confirmaran la consumación de su segundo matrimonio durante la noche de bodas. La Iglesia conocía los rumores de la Corte de Enrique IV, pero por sus propios intereses tampoco se manifestó y los ignoró. En un manuscrito escrito en latín por el papa Pío II dirigido a su secretario Gobellino tras el matrimonio de Enrique IV con doña Juana localizado en la Biblioteca Nacional por el historiador Antonio Paz y Meliá, se afirma que doña Juana fue fecundada antes de ser desflorada y se muestra el intento de inseminación:

Dijeron que (la reina) se había casado con los mejores auspicios, y que fue fecundada sin perder la virginidad. Hubo quienes afirmaron que el semen derramado en la entrada había penetrado en ella a los lugares más recónditos. Algunos creyeron había estado con otro siendo ya rey Enrique, quien deseaba ardientemente tener un heredero que se tuviera como suyo porque lo había dado a luz aquella mujer.

Los conocimientos que se tenían entonces sobre las características del esperma y la fecundación eran muy limitadas y se basaban en las tesis de Aristóteles recogidas por el monje y médico del siglo XI, Constantino el Africano. Pensaban que el esperma era una sustancia que transmitía un espíritu que se escapaba cuando estaba en un lugar extraño y la semilla no duraba mucho tiempo fértil tras la eyaculación. Un siglo después, el anatómico Bartolomeu Eustaquio hizo lo propio introduciendo el semen en la vagina ayudándose con el dedo, y Lázaro Spallanzzani en animales. No fue hasta el siglo XVII que Van Leuwenhoeck descubra la existencia del espermatozoide, y en el siglo XIX, Hertwig observa la penetración de este en el óvulo.

El humanista, médico y cartógrafo alemán Hieronymus Münzer, tras su estancia en Castilla dejó escrito veinte años después de la muerte de Enrique IV que la reina Juana, tras siete años de matrimonio, fue inseminada artificialmente con una cánula de oro que permitió introducir el semen del rey en la real vagina. Entonces, los médicos judíos gozaban de prestigio en el arte de curar y Enrique IV siempre se rodeó de estos galenos. Por una carta conservada en Simancas dirigida al monarca por un tal Guinguelle, se deduce que el médico que hizo esa “primera inseminación artificial” fue el judío Sumaya Lubel, médico de la Corte Real desde 1455, nombrado hacia 1460 Físico Mayor, doblando sus honorarios a 50 000 maravedíes, unos 400 000 euros actuales.

En 1462 nace su hija Juana, apodada “la Beltraneja” por atribuirse la paternidad a uno de los privados del monarca, Beltrán de la Cueva. Lo cierto es que no hay documento alguno que justifique la bastardía de su hija Juana. La única manera de poder zanjar esta polémica historia sería haciendo un estudio genético y del DNA de la momia de Enrique IV y compararlos con los de su hija, esto último imposible al desaparecer sus restos en el derrumbe del Monasterio de Baratoja, en Portugal, tras el devastador terremoto que asoló Lisboa en1755. Y a pesar de que no hay documentación directa que lo pruebe hay suficientes escritos y datos históricos que dan a entender que se practicó ese intento de fallida inseminación, no una, sino muchas veces, sobre todo tras quedar al año siguiente nuevamente embarazada pero abortando un feto varón, cuando se encontraba en el sexto mes de embarazo.

Gregorio Marañón consideró que Enrique IV de Castilla padeció una enfermedad endocrina, probablemente hereditaria por la endogamia de los Trastámara, descrita como displasia eunucoide con rasgos acromegálicos, que explicaría los problemas uroandrológicos que padeció y que en sus últimos años le produjeron litiasis renal crónica, hematuria y una uropatía obstructiva que le llevó a la tumba. La impotencia queda bien documentada y podría justificarse por su eunucoidismo o por un tumor hipofisario, pero no su posible homosexualidad, probablemente un falso argumento utilizado para difamarle por parte de sus enemigos políticos.

Aunque la mayor parte de historiadores admiten que Juana era hija de Enrique IV, posiblemente el monarca era estéril y, merecidamente o no, pasó a la historia con el sobrenombre de “el impotente”.

Sepulcro del rey Enrique IV de Castilla en la iglesia del  Real Monasterio de Santa María de Guadalupe,  provincia de Cáceres 

Para saber más:

Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla / Gregorio Marañón

MARAÑÓN Y POSADILLO, G.: “Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo.” En: Obras Completas de G. Marañón, Tomo V, Ed. Espasa-Calpe, pags. 85-161.Madrid 1976.

PALENCIA, A. de: “Crónica de Enrique IV.” Escrita en latín por Alonso de Palencia. Traducción al castellano por A. Paz y Meliá. Madrid 1904.

PAZ Y MELIÁ, A.: “El cronista Alonso de Palencia. Su vida y sus obras. Sus Décadas y las Crónicas contemporáneas.” The Hispanic Society of America. Madrid 1914.

SITGES, J.B.: “Enrique IV y la excelente señora llamada vulgarmente doña Juana la Beltraneja (1425-1530).” Madrid 1912.

Documentos sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo. Volumen 1 (pdf)

Links imágenes:

Asqueladd; Tiberioclaudio99

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