Don Francés de Zúñiga, bufón de Carlos I de España



Ilustración del Festival Cultural Solidario Francés de Zúñiga, en Béjar

Apodado “el Francesillo”, por Adolfo de Castro, en el siglo XIX, el periodista y escritor Francisco Umbral, fascinado por su figura dio el nombre de “Francesillo” a algunos de los protagonistas de sus novelas en honor al autor de la crónica más ácida que tuvo el rey Carlos I de España durante su reinado, considerada por algunos como uno de los mejores ejemplos de crítica intelectual a la sociedad y al poder del siglo XVI. Cinco siglos después, sigue siendo el espejo donde se miran algunos periodistas y cualquier otra persona que cuente la incómoda verdad de los poderosos de la sociedad actual. En realidad su nombre era Francés de Zúñiga, el bufón más popular del futuro Emperador.

Un viernes 2 de febrero de 1532, caída ya la noche en la ciudad salmantina de Béjar, un hombre que se dirigía a su casa por un oscuro callejón es acuchillado en la cabeza, en las extremidades y en el tórax. Los vecinos, que le encontraron ensangrentado en el suelo, lo llevaron a su casa agonizando. Su mujer, escuchó los gritos en la calle y preguntó: ¿Quién anda ahí? ¿Qué es lo que está pasando? Su marido, mortalmente malherido, le contestó irónicamente: “No es nada, señora, sino que han muerto a vuestro marido”. Tres días después falleció.

No hubo ningún detenido por el crimen, tampoco ningún detenido. Se especula que tampoco se llegó a investigar, pero, ¿quiénes fueron sus asesinos? Enemigos tenía y muchos. Desde algún vecino, hasta algún noble; desde un siervo de la Iglesia, hasta un Grande de España; desde otros cronistas de la Corte, hasta alguien enviado por el mismísimo Emperador.

Nació y se crio en la villa bejarana, descendiente del maestresala del primer duque de Béjar, Íñigo de Zúñiga. De jovencito entró a servir a don Álvaro de Zúñiga, segundo duque de Béjar, Grande de España y caballero de la Orden del Toisón de Oro. Se casó con Isabel de la Serna y tuvieron dos hijos. De su vida se desconocen muchas cosas, pero sus dichos y chascarillos le canjearon gran popularidad.

En 1517 llegó a España Carlos I y el Duque de Béjar fue de los que acudieron a recibir al joven rey acompañándole en el viaje que hizo por la Península durante casi tres años. Formó parte regular de su séquito y le acompañó a celebrar Cortes en Aragón, y en Barcelona el 7 de marzo de 1519. Francés de Zúñiga acompañó a su señor y tras la revuelta en contra del rey y la rendición de Toledo en 1522 se piensa que entró al servicio del Emperador como bufón de la Corte. En los seis años que le sirvió dejó constancia irónica y burlesca en numerosas cartas y en su «Crónica burlesca del Emperador Carlos V» de la vida en la Corte y la de sus cortesanos. En enero de 1527 terminó la primera redacción de la obra, divulgándose en forma de manuscrito.

El éxito fue inmediato, pero también la ofensa representada entre sus páginas en la que muchos nobles se vieron representados. Se granjeó numerosos enemigos, pero nada pudieron hacer al ser el protegido del rey, solo las amenazas recibidas hicieron que se retirara momentáneamente a Béjar hasta que se aplacaron las voces en su contra. Regresó a la Corte justo antes del nacimiento del hijo del monarca, Felipe, y Francés de Zúñiga logró amasar fortuna y privilegio para poder fundar una mayorazgo en favor de su hijo.

Nadie se libraba de su sátira, tampoco el propio rey ni su amada Germana de Foix. Recién llegado a España el futuro Emperador tuvo que ganarse la confianza de nobles y del pueblo. La dificultad del idioma tampoco ayudaba y tras conocer en Valladolid a su abuelastra, Germana, encontraron en el idioma natal de ambos, el francés, el vínculo para conocerse surgiendo el amor entre ambos. Los rumores en la Corte de este romance hicieron que el rey acordara en 1519 el matrimonio de Germana con el Marqués de Brandemburgo. Con los años, Germana aumentó de peso considerablemente rayando la obesidad mórbida, y así quedó reflejado en una carta de Pedro de Gante dirigida al Marqués de Denia. Por supuesto, Germana no se libró de las bromas de Francés de Zúñiga, como cuando vinculó un terremoto en Granada durante su luna de miel con su sobrepeso al decir que no se sabía si el temblor fue debido a un terremoto o a que la Reina Germana saltó de la cama hundiendo dos entresuelos y matando un botiller y dos cocineros que dormían debajo. La broma no le hizo ninguna gracia a Carlos I que, con el tiempo, su carácter cada vez era más serio y comenzaba a no tolerar las verdades incómodas echándole de la Corte en 1529.

Sin el favor del rey Francés de Zúñiga regreso definitivamente a Béjar y se puso nuevamente a las órdenes del duque de Béjar, hasta que este falleció, quedando totalmente desprotegido hasta esa noche en aquél oscuro callejón.

Su «Crónica burlesca del Emperador Carlos V» circuló como un manuscrito que pasó de mano en mano, y no fue impresa hasta el siglo XIX. Hoy, al igual que entonces, entre las fake news también se oyen “verdades incómodas” que, en ocasiones, son motivo de algún envenenamiento, accidente fortuito o caída en desgracia para quien se atreve hacerlas  públicas.

Para saber más:

Cervantes virtual

El afán de llamarse Zúñiga

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