Ayer y hoy, entre insultos e improperios

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La Real Academia Española define el verbo insultar como «ofender a alguien provocándolo e irritándolo con palabras o acciones». Hoy insultamos como nunca lo hemos hecho antes, desgraciadamente las redes sociales tienen gran parte de culpa, sin embargo el insulto ha perdido esa creatividad que tenía. Sí, eran otros tiempos, pero es que lo llevamos en nuestro ADN.

Desde el punto de vista de la ciencia los insultos podrían considerarse una forma de regular nuestras emociones y recurrimos a ellos cuando nos sentimos amenazados, y es que con un insulto nos hacemos entender rápidamente. No, no hablaré de los improperios que utilizamos en la actualidad, pero os dejaré una pequeña muestra de cómo se insultaban en la antigua Roma y de cómo lo hacían nuestros trastatarabuelos.

En la antigua Roma

Marco Tulio Cicerón, el político y gran orador romano, además de gran retórico y estilista de la prosa en latín de la República romana, también dedicó alguna que otra injuria a sus rivales. Este fue el caso de un tal Clodio, a quien acusó sin prueba alguna de incesto con sus hermanos y hermanas. Clodio le replicó que Cicerón actuaba como si formara parte de la realeza por ocupar un cargo de cónsul.

Puede que la contestación de Clodio no nos parezca ni imaginativa ni mucho menos insultante, pero hemos de ponernos en el contexto de aquellos tiempos, entonces era considerado como un «repugnante desprecio a la República».

Los senadores romanos buscaban lo mismo que buscan muchos de nuestros actuales políticos: desacreditar a sus oponentes y fortalecer su posición, una jugada que podía (y puede) salir bien o mal. Pero los insultos no eran algo exclusivo de ellos, ayer, al igual que hoy, eran habituales en todas las clases sociales y por todo el mundo.

Lo peor que te podían decir era que eras poco viril y que en las relaciones sexuales actuabas pasivamente. Pensaban que el participante activo (penetrador) era el que obtenía placer en el encuentro sexual, equiparando al pasivo (penetrado) con el papel de la mujer romana y simbolizaba la pérdida de la cualidad más preciada en Roma, la virtud. Los temas sexuales a la hora de insultar a alguien eran recurrentes, como los que hacían referencia a que te metieran el falo en la boca (irrumatio) o que te llamaran sodomita (cinaedus).

Además de los insultos relacionados con el sexo encontramos otros que hacen referencia a la esclavitud y la criminalidad. Permitidme mostraros algunos de los más comunes: ladrón (fur), deshonesto (impudicus), cabrón (pathicus), mentiroso (periurus), granuja (scelestus), timador del pueblo (fraus populi), infractor de leyes (legirupa), escoria (vappa ac nebulo), bolsa de eructos (ructose), bolsa de pedos (ructabunde)… como podéis ver el latín también se las traía en lo que a insultos se refiere. Y si no habéis tenido suficiente con el latín continuaré con el castellano .

En castellano antiguo

Empezaré con un clásico que se remonta al siglo XI, uno de los insultos más utilizados en lengua castellana. Grandes literatos como Quevedo y Cervantes, que manejaron como pocos el insulto en sus obras, dieron buena muestra del hideputa o hijoputa, del que se conocen más de doscientas variantes y del que Sancho Panza aludió en Don Quijote de la Mancha:

-¡Oh hi de puta, bellaco, y cómo es católico!

-¿Véis ahí -dijo el del Bosque en oyendo el hi de puta de Sancho- como habéis alabado este vino llamándole hi de puta?

-Digo -respondió Sancho- que confieso que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero, dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?

Don Quijote de la Mancha

Los hay que nos pueden resultar familiares, como berzotas, alguien poco serio y alocado; bellaco, para definir a una persona astuta y sagaz o a un traidor; sacamuelas, al referirnos a un charlatán; petimetre, alguien presumido que se preocupa en exceso de su aspecto. Otros, curiosos: cagalindes, cobarde; catacaldos, que empieza muchas cosas sin terminarlas; quitahipos, alguien tan feo que asusta mirarlo; sietemachos, alguien bajito o débil que se mete en peleas de las que saldrá malparado.

Zampalimosnas, ganapán, julandrón, lerdo, mercachifle, zampalimosnas, cagalindes, farfante, adefesio… y abundio, con este último nos referimos a que alguien es «más tonto que Abundio» para decir que es insensato, y sí, el tal Abundio parece que existió y así lo apuntan algunas hipótesis:

Una hace referencia a un santo, un presbítero cordobés martirizado por los árabes en el año 854 y que hasta en once ocasiones le ofrecieron los musulmanes renegar sus supuestas injurias al Corán, sin conseguirlo.

Otra tiene también a Córdoba como ciudad del protagonista. Un tal Abundio que nació entre los siglos XVII y XVIII regó un campo repartiendo la poca agua que le quedaba, entre todo el campo en gotas. Podríamos pensar que fue el precursor del riego por goteo, es decir, todo un genio, pero lo cierto es que en aquellos tiempos pasó por tonto, muy tonto.

Existe una teoría, esta más heroica, que apunta a un capitán de fragata, Abundio Martínez de Soria, que en la guerra de Filipinas en 1898 se encontró con la Armada estadounidense y se enfrentó él solo a ella, hundiendo la embarcación. No existe ningún registro de la hazaña, pero en España se consideró una tontería y nadie se la creyó.

Puede que la explicación más probable sea la planteada por Roberto Faure en su «Diccionario de los nombres propios», al referir que en aquellos tiempos el nombre de Abundio era muy frecuente especialmente en los pueblos y entre los humildes labradores, naciendo así el dicho «Mas tonto que Abundio, que cuando se fue a vendimiar se llevó uvas para el postre». Por cierto, en la actualidad hay 600 españoles que se llaman así, pero para los que no lo sepan, los tiempos han cambiado 😉

Un equipo internacional de psicólogos en el año 2008 (dejo el link al final) estudió por países los temas más aludidos cuando insultamos y llegaron a la conclusión de que en España, Italia o Grecia hacemos más referencia a la falta de inteligencia de la otra persona; en Alemania y en los Estados Unidos las alusiones al ano; en Croacia se refieren a los genitales masculinos, mientras que en Francia a los femeninos y en los Países Bajos a ambos sexos.

Por cierto, tened cuidado con durmáis, ya que dos tercios de la población habla mientras duerme en algún momento de su vida y según los estudios -que también los hay- decimos más groserías que cuando estamos despiertos.

Para saber más:

Dossier de insultos romanos, de la experta en lenguas clásicas Laura Gibbs

Un estudio sobre los insultos (inglés)

Los 10 mejores insultos de la antigua Roma

Topónimos curiosos por Héctor Castro

5 comentarios

  1. Parece que los humanos inventamos hace tiempo el modo de agredirnos y solo cambiamos algunos matices que se adaptan a la idiosincrasia cultural del momento. Por desgracia, nada nuevo bajo el sol. Enhorabuena por la entrada, tan interesante.

    1. Hola envejecer activos,
      dicen que la violencia (verbal o física) es el último recurso del incompetente, debe ser que de estos siempre ha habido y habrá…
      Saludos y gracias a ti por comentar la entrada.

  2. Qué interesante FRANCISCO! Gracias! No recuerdo adónde leí que el insultar podemos verlo también como un avance, en la manera de manifestar el ser humano su agresividad, y siendo que es algo que se expresa con palabras y sin usar el lenguaje corporal o sea la agresión física… o sea cuando sustituye el “agarrarse a las piñas”. Saludos! Que estés bien! NORMA LUZ

    1. Hola Norma,
      no sé si será un avance, pero en ocasiones lo que no es agresión física tiene más fuerza que ella misma. Alguien dijo en una ocasión que la sonrisa y el silencio son dos armas muy poderosas. La sonrisa resuelve problemas y el silencio los evita.
      Saludos 😉

      1. Muy cierto es que “en ocasiones lo que no es agresión física tiene más fuerza que ella misma”. Hay agresiones silenciosas, no visibles y con enormes efectos. Saludos!

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