Las hemorroides de Napoleón

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Tras la batalla de Waterloo el sueño de Napoleón Bonaparte moría definitivamente. El 18 de junio de 1815 se enfrentó el ejército francés, contra las tropas británicas, neerlandesas y alemanas, dirigidas por el duque de Wellington, y el ejército prusiano del mariscal de campo Gebhard von Blücher. El optimismo que irradiaba Napoleón el día anterior a la contienda no dejaba entrever la amarga derrota que sufriría y puede que parte de culpa la tuvieran las hemorroides que le atormentaron esa noche.

Primero de todo decir que la batalla de Waterloo no sucedió en esa localidad, sino a tres millas al sur de ella, concretamente en las aldeas de Braine-l’Alleud y Plancenoit. El error se debió a que el duque de Wellington estableció su cuartel general en Waterloo y con el tiempo ambos conceptos quedaron ligados.

Napoleón, otra vez Napoleón

Tras el regreso del «Pequeño corso» de su obligado destierro en la isla de Elba volvió a poner a Francia en pie de guerra. Luis XVIII asumió el trono durante su ausencia pero la gestión que hizo decepcionó a la población que enseguida se puso del lado de su brillante general. Las cuatro potencias que le habían derrotado en 1814 se comprometieron a invadir Francia tan pronto como pudieran y Napoleón reaccionó poniéndose a la altura de su propia leyenda y movilizó a los franceses. Viendo el peligro que se avecinaba de nuevo sus enemigos no tardaron en reaccionar y formaron una nueva alianza liderada por Inglaterra y formada por Prusia, Austria y Rusia, entre otros países, que pretendían rodearle con la formación de cuatro grandes ejércitos.

La «Grande Armée», que era como se llamaba el ejército francés, ya no era el que había sido antes del intento de invadir Rusia. El cuerpo de caballería, la Guardia Imperial y la artillería no serían suficientes para hacer frente a sus enemigos y como no podría vencerlos simultáneamente decidió enfrentarse al duque de Wellington pensando que venciéndole a él el resto de países perderían su confianza.

72 000 franceses se enfrentaron a 68 000 aliados y 45 000 prusianos y Napoleón dividió su ejército en dos, uno dirigido por él mismo y otro por el mariscal Ney. Penetraron por el centro separando a británicos y prusianos aún más, colocando a los británicos cerca de la localidad de Waterloo impidiendo a los prusianos socorrerlos. Viendo la victoria cerca Napoleón llegó a comentar a sus ayudantes que al día siguiente cenarían en Bruselas, pero la realidad sería bien distinta. La noche previa a la batalla descargó una tremenda tormenta que no dejó dormir ni descansar a la infantería y mucho menos a Napoleón, aunque a él también por otro motivo bien distinto.

Sus dichosas hemorroides


Sufrió de estreñimiento crónico debido en parte a que su alimentación era irregular y caprichosa, además bebía poca agua, debiendo su ayudante de cámara, Louis Marchand, ponerle enemas durante años. Lo cierto es que el emperador era un excelente jinete y es más que probable que su afición a la equitación propiciara la aparición de sus hemorroides.

Napoleón contaba con cuarenta y seis años, pero no gozaba de buena salud y esa noche sufrió un fuerte dolor anal consecuencia de una crisis de hemorroides. Sus problemas hemorroidales comenzaron en 1807 y sabemos que su médico personal, el doctor Domenique Jean Larrey, le recomendó durante años para aliviarle una loción de agua saturnina con subacetato de plomo al 2 % en agua destilada, aplicada con pedazos de franela.

Al amanecer el suelo se encontraba embarrado, la artillería en mal estado y los soldados cansados, así que decidió posponer el ataque unas horas lo que permitió a los prusianos llegar hasta la zona. A las once y media decidió por fin dar la orden de atacar, pero esta vez no dirigiría personalmente la batalla desde primera línea como acostumbraba a hacer, ya que las hemorroides le impedían montar a caballo. Así pues, sin poder apenas caminar dirigió la ofensiva sobre un mapa mientras el impetuoso mariscal Ney dirigía a la caballería francesa. La derrota fue inevitable y en medio del olor a pólvora y sangre los cuerpos de 48 000 soldados sin vida se amontonaron en el campo, la mitad del bando francés. Los lugareños se dedicaron pocas horas después de finalizar la contienda a quitar los dientes de los jóvenes soldados para después venderlos y fabricar dentaduras postizas para los burgueses ingleses.

Napoleón pudo huir a Francia y tras anunciar la derrota se dirigió a la costa donde se entregó a los británicos. El gobierno inglés decidió enviarle esta vez a la isla de Santa Elena en el Atlántico Sur, un lugar húmedo y frío donde vivió en una modesta casa de madera hasta que falleció seis años después. Desde entonces se encuentra en el interior de un sarcófago en Les Invalides, en París, descansando de las batallas que durante tantos años libró y las enfermedades que también sufrió, especialmente sus dolorosas hemorroides.

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