Pues va a ser que no querré ser una princesita

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Fuente Disney

Princesas y más princesas. Disney nos hace soñar a niños y no tan niños con sus historias animadas. Que si Cenicienta, que si Jasmín, que si Ariel, que si Blancanieves, que si Rapunzel… todas ellas guapas, valientes, curiosas, aventureras, y al final del cuento, felices y comiendo perdices (o los que les apetezca, que para eso son de la realeza). Muchas de ellas son princesas por nacimiento y matrimonio, y muchas también hicieron realidad su deseo: casarse con un apuesto príncipe. Sin embargo, si hablamos de las princesas del Medievo esto no se corresponde con la imagen que pudiéramos tener de ellas, todo lo contrario…

La escritora y filósofa del siglo XV, Christine de Pisan, refiriéndose a las princesas escribió «deben saber cómo usar las armas… para estar listas para comandar a sus hombres si surge la necesidad», y es que las circunstancias obligaron a más de una a defender su castillo. Encontramos a otras como Margarita, hija del rey Eduardo I de Inglaterra de principios del siglo XIV, que ordenó construir su propio palacio en el lugar de un antiguo pabellón de caza en Tervuren, en Bélgica, con elegantes jardines y decoración que utilizó para afirmar su posición en la región.

Lejos de ser pasivas y ociosas, algunas princesas se ocupaban en bordar, tocar algún que otro instrumento musical y escribir. Otras se dedicaban a viajar, ya fuera como representantes de sus reales padres o de forma independiente por su propia voluntad. Las había, incluso, que les gustaba apostar a juegos de dados, como María de Woodstock, séptima hija del rey Eduardo I de Inglaterra y Leonor de Castilla, que, aunque recibió los hábitos, llegó a endeudarse cuando visitaba a su padre en la corte, debiendo este hacerse cargo de las deudas. Y algunas, muy pocas, llegaron a desafiar al rey, como Juana de Acre, que ya de pequeña mostró un fuerte carácter casándose en secreto contra de la voluntad de su padre, Eduardo I, con un joven apuesto, sin tierras. Al final, le perdonó su insolencia. También hubo princesas que tuvieron gran poder, ejerciendo como regentes o gobernadoras de estados gracias a su inteligencia y formación, como Catalina de Médicis, Ana de Austria y María de Hungría. Pero estas princesas solían ser la excepción.

No voy a entrar a valorar las condiciones de las mujeres que no pertenecían a la corte, ellas sí sufrieron el rigor de aquellos tiempos, pero la mayoría de las princesas vivieron su vida como cautivas hasta el fin de sus días.

En cuanto a su belleza, quitémonos de la cabeza la idea de que todas eran hermosas, de aspecto impecable y con lustrosos cabellos perfumados. El concepto de limpieza era muy distinto al que tenemos en la actualidad y las precarias condiciones de aseo personal de entonces impedían que pudieran limpiar su cabellos con regularidad. Tanto los médicos como la Iglesia Católica no recomendaban los baños, a lo sumo un par de veces al año, y se limpiaban en seco frotándose la piel con telas que rociaban con agua de rosas, algalia y almizcle para disimular el olor. Por cierto, como no se había inventado los pulverizadores buscaban alguna rolliza criada que se llenara la boca de ese agua perfumada para lanzársela directamente a la cara. En cuanto a los cosméticos, pocos habían que pudieran ayudar a embellecerlas.

A la práctica, muchas de las princesas medievales no eran cultas, al no ser una prioridad para muchos de los monarcas, y apenas se les enseñaba a leer y escribir. Participaban, eso sí, en el espacio público, si bien siguiendo pautas de comportamiento muy estructuradas, muchas veces en el ámbito eclesiástico. Antes de llegar a la vida adulta se las criaba para que obedecieran a su padre o a su marido cuando se casaran y pasaban a ser parte de la dote que se entregaba cuando las solicitaban en matrimonio. Después, pertenecían al esposo y, cuando este moría, a los hijos varones que tuviera.

Eran utilizadas como piezas de intercambio para sellar pactos políticos que fortalecieran el poder del rey. Muchas, llegada la pubertad, eran enviadas a una corte extranjera cuya lengua no conocían, siendo mal recibidas y debiendo aguantar las insolencias y desprecios de sus suegras y sus propios maridos. En estos casos el amor y la felicidad brillaban por su ausencia y solo se esperaba de ellas que dieran un heredero varón al rey. Violante de Aragón, infanta de Aragón y esposa de Alfonso X de Castilla y de León, la casaron a los diez años de edad con un señor quince años mayor que ella, y a los catorce ya la quisieron repudiar por no haber quedado embarazada. Por fortuna para ella se quedó gestante dos años después y dio once hijos a su esposo.

Comprobamos, pues, que en la Edad Media lo de ser princesa no resultaba ser ningún chollo, ni que te tocara el premio gordo de la lotería, y dejaremos a las princesas de la Edad Moderna para otro día, porque muchas de ellas tampoco es que comieran muchas perdices.

Para saber más:

Disney Princess

Información basada en bbc.com

3 comentarios

  1. ¡Cómo podemos tener valor de criticar a los morangos que tienen a sus hijas-niñas comprometidas para matrimonios desde que nacen y en la pubertad ya las casan, provocando abortos por falta de madurez o por estrechez del canal pélvico! De la higiene no vamos a hablar porque había reyes que recibían a nobles y súbditos dentados en un water closet o a reinas que no supieron lo que era el jabón sustituyéndolo por mil perfumes orientales (¿pachuli?)

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