Ser un «Fuller» en la Antigua Roma (y a mucha honra)

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Fullonica de Stephanus, en Pompeya

En la ciudad de Pompeya la arqueología halló hasta la fecha al menos once lavanderías y tintorerías (fullonicas), la mejor conservada y probablemente la más importante de ellas, situada en la céntrica Via dell’Abbondanza, la del adinerado comerciante Stephanus, a quien se cree que corresponde el esqueleto del hombre de mediana edad que encontró hacia 1912 una excavadora tras los batientes de la entrada, en el interior, aferrado con fuerza a una bolsa con 1089 sestercios y dos ases, tras la terrible erupción del Vesubio en el año 79.

Este negocio resultó ser muy lucrativo para sus propietarios y se convirtió en fundamental para el funcionamiento de la sociedad, tanto fue así que sobrevivió a la caída del Imperio Romano Occidental, sin embargo, fue considerada una profesión despreciable. Descubramos el porqué de este menosprecio.

Se han encontrado restos arqueológicos de cinco fullonicas en Ostia, otra cerca de Forli y en Barcelona (antigua Barcino), donde se conservan cuatro estancias del siglo II con una pileta para el lavado y una pila para el aclarado en el interior del Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona

Restos arqueológicos en el subsuelo del Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona

Una profesión esencial

La profesión de Fuller o batanero, que es el nombre que se da a quien maneja el batán o máquina que sirve para golpear, desengrasar y enfurtir paños y tejidos según la Real Academia Española, se remonta a la antigua Mesopotamia y ya era una profesión esencial en Egipto y Grecia, antes de la llegada de los romanos. Durante la monarquía romana se consolidaron en la ciudad de Roma y durante el reinado de Numma Pompilio se creó el primer colegio de artesanos del tinte (Collegium tinctorum). El uso de distintos colores hizo que con el paso del tiempo se especializaran según el tipo de tinte: ammarii (especialistas en el teñido de color rojo anaranjado), violarii (violeta), crocearii (amarillo), pupurarii (púrpura), spadicarii (marrón), crocotarii (azafrán)… Los bataneros se organizaron en gremios y establecieron sus propios precios y como en otras profesiones se acogieron a Minerva, la diosa de la sabiduría y las artes, además de la protectora de Roma y patrona de los artesanos.

Según los datos de las fuentes recogidas se sabe que las tintorerías de época romana podían dedicarse al primer tintado de los hilos y los paños (officina infectoria) o al retintado de vestidos (officina offectoria), esta última más pequeña.

Como antes decía, durante el Imperio romano se conocían a los comercios dedicados a la tintorería y a la lavandería como fullonicas (fullonicae en plural), y trabajó no les faltó nunca. Los romanos cuidaban su imagen pública hasta el extremo, especialmente los romanos de clase alta que iban siempre bien vestidos y cuidaban también de que sus sirvientes también lo fueran. La ropa era unisex y los niños usaban versiones más pequeñas de los trajes de adultos. Básicamente llevaban como ropa interior un taparrabos para los hombres y las mujeres un paño que recogía los pechos y se ataba en la parte posterior. Túnicas, togas y pantalones eran otras de las prendas más utilizadas.

En un tiempo en el que no se había inventado todavía las lavadoras ni los lavavajillas, la mayoría de los ciudadanos no podían lavarse la ropa en casa (ni a ellos mismos) porque vivían en edificios generalmente mal ventilados, oscuros y sin agua corriente, recordemos que el agua de los acueductos era destinada en su mayor parte a las piscinas, baños romanos y fuentes públicas. No les quedaba otra que llevar sus ropas a la lavandería de la ciudad.

Recolectores de orina

Interior de la fullonica de Stephanus, en Pompeya, con el Saltus fullonici en primer término

Una vez el cliente dejaba su ropa se procedía a colocar en una balsa de enjuague (saltus fullonici) anclada al piso o en una plataforma elevada donde se agregaba agua y se añadía orina. El amoníaco del orín humano mezclado con cenizas y cal como blanqueante, extraía las manchas de la ropa. Es en la preocupación de estos bataneros para conseguir orina que se despreció a estos profesionales.

Esta podía importarse en ánforas procedentes de lugares remotos o recogerse en letrinas públicas. También podíamos ver paseando por las calles unas medias ánforas perforadas en su base para que los transeúntes que se encontraban con una urgencia miccional pudiesen aliviar sus vejigas.

El servicio de lavandería no resultaba nada barato y más desde que el emperador Vespasiano impuso un tributo sobre la orina humana recogida en las letrinas públicas, que lo encareció aún más. Eso sí, el lavandero se responsabilizaba de la ropa del cliente y si se dañaba o se perdía alguna pieza, debía reemplazarla por ley.

La ropa la enjuagaban los bataneros, sus esclavos e incluso niños, a mano, pisando las prendas o con una prensa de sacacorchos, y para aflojar la suciedad que pudiera quedar se procedía a golpear la ropa con un palo. Luego se vertía en los tazones de enjuague con agua limpia procedente del sistema de canalización de la ciudad y si aún quedaban restos de suciedad se repetía todo el proceso.

Los fullones pisaban las togas, apoyándose en los muros que separaban una estación de lavado de otra (GETTY IMAGES)

Una vez limpias se exprimían a mano o con otra prensa de sacacorchos y se extendían en rejillas en estancias abiertas y aireadas para que se secaran, mientras se cepillaban para eliminar las pelusas que pudieran quedar. La ropa blanca se colocaba sobre armazones de mimbre en el que se aplicaba azufre ardiente para blanquearla; la ropa de color se frotaba con una sustancia conocida como tierra de batán (tierra de Fuller), una arcilla que se utilizaba desde la antigüedad con el fin de purificar y abatanar la lana. Al final de todo el proceso se etiquetaba la ropa para entregarla al cliente.

Fresco de un pilar de la fullonica. Panel con trabajadores en el trabajo, con la intención de colgar telas. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Como podéis comprobar siempre han existido profesiones que resultaron ser más o menos apreciadas en la sociedad, pero que han sido y siguen siendo imprescindibles para todos. Gustara o no esta profesión se mantuvo siglos después de la caída del Imperio y fue durante el Renacimiento que finalmente se reemplazó la orina por jabón y detergente.

Cuenta el historiador romano Suetonio, que en una ocasión el hijo del Vespasiano, Tito, le recriminó a su padre que hubiera puesto un impuesto por recoger orina. La respuesta del emperador no se hizo esperar:

Le acercó una moneda de oro a la nariz y le preguntó si olía feo. Tito respondió que no y su padre le dijo: «Atqui ex lotio est» que quiere decir: «¡y eso que viene de la orina!».

De aquí proviene el conocido como Axioma de Vespasiano: Pecunia non olet o el dinero no apesta… no importa de dónde provenga.

Así pues, gustara o no esta profesión…

¡Gracias a todos los Fullere!

Un video:

Para saber más:

pompeiisites.org

Link imagen:

Miguel Hermoso Cuesta

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