Belzoni, aventurero y pionero de la egiptología

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Retrato de Giovanni Battista Belzoni, de William Brockedon (National Portrait Gallery)

Cuanto más veía, más quería ver

Belzoni

Estas palabras fueron pronunciadas por Giovanni Battista Belzoni en 1817 tras el descubrimiento de la tumba del faraón Seti I. Algunos lo consideran un simple saqueador de tumbas, aunque en mi opinión esta afirmación es totalmente injusta pues su curiosidad y su espíritu aventurero le llevaron a realizar algunos de los descubrimientos arqueológicos del antiguo Egipto más increíbles, ¡hasta se quedó muy cerca de hallar la tumba de Tutankamón un siglo antes que lo hiciera Howard Carter!

Escribas y sacerdotes egipcios ya mostraron interés por el pasado de su pueblo; historiadores antiguos como Heródoto, Estrabón y Plinio el Viejo dejaron constancia escrita de su Historia; diplomáticos, filólogos como Jean Françoise Champollion, exploradores… y así hasta los arqueólogos o egiptólogos contemporáneos, muchos han sido los que dedicaron sus estudios, su esfuerzo y su vida al conocimiento de esta apasionante civilización, y entre todos ellos, ocupando un destacado lugar destaca nuestro artista y aventurero.

Del circo a la arena del desierto

Giovanni Battista Belzoni nació en el seno de una familia muy humilde con profundas convicciones religiosas en la ciudad italiana de Padua en 1778. Ayudó a su padre en la barbería en la que trabajaba hasta los 16 años y tras una decepción amorosa marchó al monasterio de los capuchinos de Roma donde se planteó ingresar en la orden y se interesó por las técnicas hidráulicas (probablemente limitadas a su trabajo en el sistema de fuentes de la ciudad).

En 1798 las tropas napoleónicas entraron en la ciudad y huyó al norte del país donde ejerció de barbero. Dotado de un físico espectacular por sus dos metros de altura y por ser un auténtico forzudo comenzó a actuar en un circo con el que comenzaría a recorrer Europa mostrando sus números de fuerza física. Tras su paso por Francia y Holanda se traslada en 1803 a Gran Bretaña para evitar la cárcel por las deudas contraídas. Allí se casó con la que sería su mujer el resto de su vida y fiel compañera de viajes y aventuras, Sarah Banne. En 1812, la pareja fue de gira por Portugal, España (donde actuó para José I Bonaparte) y Sicilia.

En Londres conoció a la persona responsable de sus futuras aventuras por Egipto, el viajero y anticuario inglés Henry Salt, quien le contrató para que realizara un increíble número de fuerza que consistía en elevar hasta doce hombres, a la vez que incluía en el escenario un ingenio hidráulico construido por él mismo. Belzoni adoptó la nacionalidad inglesa y se dejó el pelo largo como Sansón, adoptando el nombre artístico de «el Sansón Patagón».

En 1815, hallándose en la isla de Malta de camino a Estambul, conoció a un agente de Mehmet Ali, el nuevo gobernador otomano de Egipto, por quien supo que éste buscaba ingenieros expertos en técnicas hidráulicas que le permitieran modernizar los sistema de riego de su país, tarea que le encomendó a Belzoni. Al llegar a El Cairo residió en el palacio de gobernador otomano hasta que terminó la construcción de una rueda que elevara el agua con el tiro de un buey, en lugar de los cuatro que normalmente utilizaban. El día de la demostración se rompió un palo de tiro y resultó ser un total fracaso, ante el enfado del gobernador tuvo que abandonar el palacio.

Por aquél entonces su amigo Henry Salt era el cónsul británico en Egipto y conociendo el infortunio de Belzoni le encargó transportar una estatua de Ramsés II desde el Ramesseum de Tebas a Alejandría, con destino al Museo Británico. En esta ocasión la operación fue todo un éxito y desde este momento se convirtió en el principal conseguidor de antigüedades de Henry Salt, una lucrativa actividad que entonces no se regía por ninguna ley.

El descubrimiento de Abu Simbel

Permitidme presentaros antes de entrar en el templo de Abu Simbel a otro intrépido viajero, suizo en este caso, Johann Luiwig Burckhardt, que después de estudiar el árabe y el Corán se convirtió al Islam y adoptó el nombre de Ibrahim Ibn Abdallah para poder recorrer los países musulmanes sin que su vida peligrara. Fue uno de los primeros europeos en visitar La Meca y Medina, y sus viajes por el Próximo Oriente le llevaron a descubrir para el mundo occidental Petra en 1812. Al año siguiente, con tan solo 29 años de edad, volviendo de Sudán en territorio nubio, a unos 250 kilómetros al sur de Asuán, no lejos de la Segunda Catarata del Nilo, se hizo eco de los rumores de los lugareños de un templo bajo la arena que sería conocido después como Abu Simbel. Lo cierto es que pocos años antes la expedición francesa ordenada por Napoleón ya sospechaban de su existencia, pero no llegaron a remontar el Nilo hasta ese lugar.

Burckhardt vio seis colosos excavados en la roca, pero fue al alejarse con el barco que pudo ver desde la distancia las representaciones de dos gigantes faraones en la fachada del Gran Templo, posteriormente se supo que se trataba de Ramsés II. De regreso a El Cairo, en 1815, coincidió con Henry Salt y con Giovanni Belzoni, explicándoles la existencia de los templos de Abu Simbel, templos, en plural, porque en realidad son dos, uno dedicado a Ramsés II para conmemorar su supuesta victoria en la batalla de Qadesh contra los hititas en el siglo XIII a. C., y otro a su primera esposa y favorita Nefertari (el Templo menor).

Templos de Abu Simbel cerca de la presa de Asuán en el río Nilo

Al año siguiente, en 1816, Belzoni regresó al lugar indicado por Burckhardt acompañado de su esposa, certificando la existencia de los templos que se encontraban sepultados bajo la arena.

En una de sus inspecciones encontró la estatua de un dios con cabeza de halcón que le hizo sospechar que era la puerta de entrada al templo. Trepó una colina para calcular el esfuerzo necesario para retirar toda la arena y solicitó al jefe local los hombres necesarios para el trabajo. Nadie quería trabajar para el hombre occidental, pero tras una dura negociación aceptó. Tras convencer al bey Hussein Kachif, verdadera autoridad de la región, le dio permiso para entrar en el templo a cambio de la promesa de recibir la mitad de los tesoros que hallara. Belzoni accedió de inmediato, sospechando, con razón, que dentro no habría nada de valor, además de prometer una paga de dos piastras diarias por hombre.

A medida que transcurrían las jornadas de trabajo Belzoni se dio cuenta que sus cálculos quedaron cortos y los nubios amenazaron con no seguir trabajando. El hermano del jefe del poblado se quedó con todos los salarios, y un día, un par de rufianes nubios se presentaron en el barco donde se encontraba Sarah para robarle. Ella, que también tenía su carácter, perdió la paciencia y sacó una pistola, hecho que no hizo otra cosa que complicar la situación. Decidieron ir a El Cairo para recoger más dinero y obsequios para el jefe y regresar el verano siguiente, tras acordar que en su ausencia nadie más excavara allí.

El 4 de julio de 1817 reanudaron los trabajos que se prolongaron desde la salida del sol hasta las 9 de la mañana, descansando las horas de más calor para proseguir seis horas después hasta la puesta del sol. Entre amenazas e intentos de robo por parte de algunos trabajadores el trabajo continuó y el 31 de julio descubrieron la entrada.

Decidieron esperar al día siguiente para entrar sospechando que tras miles de años de permanecer cerrado podría ser peligroso respirar el aire de su interior. Mientras los obreros seguían exigiendo más dinero, Giovanni Finati, intérprete armenio de la expedición, se coló a través de un agujero accediendo al interior. Viendo su acción Belzoni y alguno de sus hombres le siguieron con unas velas y al entrar vislumbraron ocho gigantescas estatuas de un faraón y los relieves de sus gestas en las paredes. Se trataba de Ramsés II y de la batalla de Qadesh.

Belzoni recogió los objetos que encontró en el vestíbulo: «Dos leones con cabeza de halcón, el cuerpo a tamaño natural, una pequeña figura sentada y algún bronce perteneciente a la puerta». Los capitanes británicos se sentaron y dibujaron a escala todo lo que les rodeaba, dibujos que después utilizaría Champollion para ayudarle a descifrar la lectura de los jeroglíficos.

La leyenda de Abu Simbel acababa de comenzar y desde entonces se convirtió en destino de numerosas expediciones. Por cierto, son muchos los que dicen que el nombre de Abu Simbel proviene del nombre del niño que condujo a Burckhardt (otros dicen que a Belzoni) hasta los templos. Desde 1968 se trasladó de ubicación para evitar que quedara sumergido tras la construcción de la presa de Asuán.

Sus otros maravillosos descubrimientos

Belzoni y su mujer realizaron tres viajes al Alto Egipto entre 1816 y 1818. En tan corto período de tiempo hicieron algunos de los descubrimientos más increíbles del antiguo Egipto y dieron el empuje que necesitaba la egiptología. Luchando contra la adversidad de aquellos tiempos, ladrones sin escrúpulos y la desconfianza de los lugareños, exploró los templos de Edfu, Elefantina y File; recuperó la cabeza de un coloso en el Ramesseum en Karnak; llevó a Inglaterra un obelisco del Templo de Isis; fue el primero en entrar en la pirámide de Jafra y halló la entrada a la pirámide de Kefrén en Gizeh.

Algunos le atribuyen el honor de ser el primero en llegar y encontrar tumbas en el oasis de Bahariya en 1819, conocido como el Valle de las Momias de Oro desde que se descubriera en 1996 y donde pueden descansar más de 10 000 momias de época grecorromana. Quienes opinan así se apoyan en el hecho de que en el Museo Británico se encuentra un trozo de un sarcófago nunca expuesto encontrado por Belzoni en ese lugar. También descubrió numerosas tumbas en el Valle de los Reyes, como las de Ay, sucesor de Tutankamón, la de Ramsés I y la magnífica tumba de Seti I (padre de Ramsés I), aún hoy conocida por los anglosajones como «tumba de Belzoni», la tumba más espectacular del Valle de los Reyes por sus 120 metros de largo y sus bajorrelieves policromados. Cuando Belzoni entró en ella ya había sido saqueada pero conservaba el sarcófago del faraón cuyo nombre todavía desconocía. El equipo de Benzoni realizó numerosos planos y dibujos coloreados de su interior que maravillaron a todos en Europa.

Momia de Seti I en el Museo Egipcio de El Cairo. Fotografía de 1889 tomada por Emil Brugsch.

Belzoni, ¿héroe o villano?

En 1819 regresó a Inglaterra y escribió un libro de viajes relatando sus aventuras en Egipto Narrative of the Operations and Recent Discoveries within the Pyramids, Temples, Tombs and Excavations in Egypt and Nubia, &c., primera publicación inglesa de egiptología que obtuvo éxito y reconocimiento por toda Europa. Su mujer, Sarah, documentó las vidas de las mujeres locales y publicó el relato insignificante de la Sra. Belzoni sobre las mujeres de Egipto, Nubia y Siria como parte de la obra de su marido.

Dos años después, Belzoni organizó la primera exposición egiptológica, en Egyptian Hall, en Piccadilly, pleno centro de Londres, donde mostraba los hallazgos que hizo, ocupando lugar destacado la réplica de la tumba de Seti I. En estas presentaciones abrió momias públicamente convirtiendo las exposiciones en cierto modo en un espectáculo que intentaba divulgar sus conocimientos a su manera. La muestra fue un completo éxito y solo el primer día se vendieron más de 1900 entradas. Desgraciadamente, faltaba el sarcófago de Seti I, que, después de que el Museo Británico se negara a adquirirlo lo compró en 1824 el coleccionista de arte John Soane, en cuya casa-museo de Londres permanece hoy en día.

Sus métodos son discutibles a nuestros ojos, pero en la época que le tocó vivir el pillaje era la norma. Otros, en cambio, hicieron mucho más daño a los tesoros arqueológicos del antiguo Egipto al utilizar pólvora, como en 1836 el militar británico el coronel William Howard Vyse que la usó en las pirámides de Giza e incluso en la Esfinge, para comprobar si estaba hueca. Belzoni nunca la empleó, de hecho, fue más sensible en este sentido que Champollion quien años después arrancó trozos de relieve sin ningún cuidado para ser expuestos.

Muchas de las antigüedades encontradas por Belzoni en nombre de Henry Salt fueron vendidas a museos privados y se encuentran repartidas por todo el mundo, pero no hay que olvidar que en nuestros días sigue existiendo el coleccionismo de objetos del antiguo Egipto y se repatrían centenares, sino miles, de objetos detectados en casas particulares.

Eso sí, Belzoni dejó su firma en forma de graffitis en los templos.

Orgulloso de su descubrimiento inscribió una mención en las paredes de la cámara funeraria de Kefren

Su muerte

Lejos de acomodarse decidió emprender en 1823 una expedición a una de las ciudades más míticas y enigmáticas de toda África: Tombuctú, la ciudad de los 333 santos, en la República de Malí, pero murió de disentería en la aldea de Gwato, actual Ughoton, en Nigeria, el 3 de diciembre de ese mismo año, siendo enterrado bajo un árbol. Tras su muerte, Sarah Banne siguió exhibiendo sus maquetas de las tumbas reales y sus dibujos en Londres y París, publicando en 1829 sus dibujos.

Sin lugar a dudas, Belzoni merece ser recordado como aventurero y pionero de la egiptología.

Un libro:

El gigante del Nilo, de Marco Zatterin

Para saber más:

Museo Británico

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