Entre bordoneros y galloferos en el Camino de Santiago

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La experiencia de hacer el Camino de Santiago es única y para entenderla hay que ponerse las botas, cargarse de motivación y marchar. En la peregrinación a Santiago se entremezcla lo espiritual con lo terrenal, las vivencias del paisaje y su historia, con el conocimiento, la amistad y la comprensión. Pero hubo un tiempo en el que todo aquél que iniciaba este camino se arriesgaba también a ser robado o apaleado por ladrones y vividores.

Una tradición milenaria

Los monjes Beato de Liébana y Beda el Venerable documentaron una tradición muy arraigada entre la población: la tumba del apóstol Santiago se encontraba en algún lugar del noroeste de la península ibérica. Las pruebas que la certificaron se encontraron en tiempos del monarca del Reino de Asturias, Alfonso II, entre 820-830, cuando el eremita del lugar, de nombre Paio, localiza en un bosque llamado Libredón las ruinas de un enterramiento, informando de ello al obispo Teodomiro de Iria, quien informa a su vez al rey. Posteriormente se identifica como las tumbas del apóstol Santiago el Mayor y sus discípulos Teodoro y Atanasio, y el rey manda edificar allí una iglesia que fue el germen de la actual catedral y la ciudad de Santiago.

Los primeros en acudir fueron los monarcas astures y los monjes franceses y alemanes, y a partir del siglo X comenzaron a llegar peregrinos europeos, consolidándose como centro de peregrinación internacional entre los siglos XI y XIII por el impulso de la Corona, el papado y las órdenes monacales.

Ya fuera a pie o a caballo multitud de peregrinos se dirigen a Santiago, y durante los siglos XIV y XV arriban al puerto coruñés procedentes de toda Europa barcos cargados de peregrinos y mercancías que dinamizan el comercio de la zona. Durante la Edad Moderna, las críticas de Lutero, la Reforma protestante, las guerras entre la España imperial y Francia e incluso la misma Inquisición -que sospechaba de todo extranjero- hicieron que el Camino viviera una profunda crisis, crisis que poco a poco fue remontándose en los siglos posteriores, hasta que, tras la peregrinación del papa Juan Pablo II en 1982, coge el impulso que goza en la actualidad.

La picaresca en el camino

El Códice Calixtino, compilación en cinco libros de todos los textos litúrgicos, tradiciones jacobeas y milagros del camino de peregrinación escrito en el siglo XII, en su libro V, guía para todos los peregrinos, se describen los caminos de Santiago en Francia y en España, aportando noticias de los santuarios, pueblos, gentes, comidas y los peligros a los que se enfrentará.

La afluencia de caminantes hizo necesaria una red de hospitales y una infraestructura que atendiera sus necesidades. Los pequeños hospitales medievales disponían de salas con doce camas o seis lechos dobles, en recuerdo de los doce apóstoles de Jesús, donde atendían a los peregrinos enfermos y les daban de comer.

Reyes, nobles y burgueses de las ciudades por donde pasaban donaron el dinero necesario para fundar hospitales, y los monjes de Cluny los recibían en sus monasterios. Fue así como la acogida al peregrino se convirtió en la Edad Media en parte imprescindible para mantener vivo el Camino.

Monasterio de San Julián de Samos, pertenece a la orden de los benedictinos en Lugo, Galicia. Parada importante en el Camino.

Sin embargo, el mayor peligro que se podían encontrar, sobre todo en el Camino Francés, eran los falsos peregrinos interesados en vivir de las limosnas. Galloferos, bordoneros, violtrotonas, carcaveras, murcios, zurrapas o floraineros, llamémoslos como queramos, pero todos ellos pícaros profesionales que, junto con vagos, vagabundos, holgazanes, maleantes y cantores malhumorados, pedían limosna y comían y bebían gratis en los hospitales haciéndose pasar por peregrinos, algunos regresando a su casa con el dinero suficiente como dote a una hija casadera. Por cierto, lo de gallofero viene de la gallofa, una comida que se daba a los pobres en su camino.

Con el tiempo, las instituciones caritativas, por miedo a ser engañadas, dejaban de atender a los verdaderos peregrinos. Hemos de tener en cuenta que para hacer la larga peregrinación y regresar se precisaba ser rico, ya que, a la hora de la verdad, fueron pocos los pobres que pudieron ir a Compostela por las necesidades diarias del largo viaje, que podía durar meses y que difícilmente podían ser siempre asumidas por los hospitales. Además, al llegar a Santiago debían realizar una Ofrenda al Apóstol -que era obligatoria- y no todos podían adquirirla. Para evitar estas y más sorpresas, el Códice Calixtino informaba a los peregrinos de preocuparse de hacer frente a los gastos del viaje antes de partir y afirmaba que todos los peregrinos debían tener todo en común, un solo corazón y una sola alma, debiendo ayudarse entre ellos. Además, si una persona se negaba a prestar ayuda a un peregrino de la clase social que fuera, rico o pobre, recibiría un castigo divino.

Galloferos del Camino

Este término lo encontramos citado por numerosos literatos como en la novela anónima de El Lazarillo de Tormes; El libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita; la novela de caballerías Historia de Enrique, fi de Oliva, citada por Cervantes en su Quijote y en la siguiente coplilla de Francisco de Quevedo:

Romero el estudiante,
con sotanilla corta,
y con el Quidam Pauper,
los bodegones ronda.

Con niños alquilados,
que de continuo lloran,
a poder de pellizcos,
por lastimar las bolsas.

La taimada gallega,
más bellaca que tonta,
entró de casa en casa,
bribando la gallofa.

Ni los Reyes Católicos se libraron de los galloferos. En una ocasión, encontrándose en Santiago, una pícara semidesnuda «les sacó 446 maravedíes para ropa y dos reales más para hechuras». Los había que pasaban de hospital en hospital, pero, en París, que eran más severos con estas fraudulentas prácticas, se arriesgaban a ser ejecutados por el verdugo de la ciudad. Otros, se apuntaban dos veces a la cola del hospital, y los monjes para evitar la picaresca les hacían una muesca en el bordón para identificarlos.

No eran infrecuentes las borracheras de los caminantes, pues el vino siempre les acompañó en su ruta, y qué decir de la picaresca de la misma Iglesia con las reliquias. Solo en el Camino Francés habían cinco conventos de monjas venerando el prepucio de Jesús, obviamente, resultaba imposible. Otras reliquias eran difíciles de creer como las plumas de los arcángeles San Miguel y San Rafael, el suspiro de San José guardado en un frasquito y las herraduras del caballo de Santiago.

Pero si había un truhán en el camino ese era el mesonero, quien se aprovechaba del dinero de los peregrinos y que según queda escrito:

«En el camino francés dan gato por res» y «ave de paso, garrotazo».

Para intentar solucionar el creciente problema que representaban estos falsos peregrinos, surge en el siglo XVI la figura del echador, una especie de guarda pagado entre los hospitales de una misma villa que controlaba los peregrinos que llegaban y ante la sospecha de estar delante de algún gallofero, echarlo. El Ayuntamiento de Santiago prohíbe mediante una ordenanza en 1532 que los peregrinos permanezcan más de tres días en Compostela, y según una pragmática de 1590 del rey Felipe II, se prohíbe vestirse de peregrino en el reino para poder identificar mejor a los pícaros.

Castrillo de los Polvazares (Castilla y León)

Vemos, pues, que pícaros siempre han existido y seguirán existiendo.

Para saber más:

Camino de Santiago

Xacopedia.com

Links imágenes:

Gonzalo Conde Sáez; David Sanz

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