Corrales de comedia del Siglo de Oro

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 Representación del auto de Calderón de la Barca, La Divina Filotea, ante la Casa Consistorial de Madrid en 1681. Obra de Joaquín Muñoz Morillejo.

A la una de la tarde, tras acudir a la misa diaria, se reunían en el Barrio de las Letras, en pleno centro de Madrid, actores, artistas y literatos para buscar un trabajo y cerrar algún contrato entre arrendadores y compañías, eso sí, Calderón y Lope de Vega no tenían problemas para que se representaran sus obras y cobrasen una buena suma de reales. Durante el Siglo de Oro español florecieron las letras y el arte coincidiendo con el auge del Imperio español de la Casa de Trastámara y de la Casa de Austria, y fueron los corrales de comedias los lugares donde la dramaturgia brindó horas y horas de diversión tanto a reyes, como a nobles y al pueblo llano.

¡Mucha mierda!

Según cuentan, esta expresión usada a partir del siglo XVI y XVII por los actores cuando van a salir a escena para desearse mucha suerte, se origina cuando las personas pudientes que acudían al teatro en sus coches de caballos, al llegar a la puerta, mientras bajaban, el equino hacía sus necesidades allí mismo, y cuando la función estaba a punto de comenzar un miembro de la compañía se asomaba y miraba la cantidad de excrementos acumulados en el suelo. Cuanto más, más gente adinerada había en el teatro. Existen otras versiones al respecto, pero me quedaré con esta. 😉

Durante la Edad Media y hasta bien entrado el siglo XVI la actividad actoral no aparece vinculada a un oficio específico, y podemos encontrar cantores, mozos, clérigos, bufones, juglares, artesanos e incluso nobles. Se interpretaban en plazas, calles o en el interior de las casas más pudientes de la ciudad, algo que la Iglesia Católica no veía con buenos ojos al comprobar las libertades y los excesos en que allí incurrían. Para evitarlo se apoyaron en unas hermandades religiosas de inspiración gremial: las cofradías.

En 1565 el rey Felipe II estableció en Madrid unas cofradías que dispusiesen de edificios concretos para representar las comedias y ordenó que utilizasen patios de vecinos como corrales de comedia que como mucho tenían un simple toldo para cubrir el escenario del sol, y al no disponer de techo las funciones debían programarse a primera hora de la tarde, abriendo sus puertas a las doce del mediodía, momento que los espectadores se apresuraban a ocupar los mejores sitios previo pago de la entrada en ese momento. Al principio solo se celebraban espectáculos los días festivos, más tarde se ampliaron a los jueves y finalmente se hacían todos los días.

Se conoce la existencia de la Cofradía de la Pasión, constituida en 1565, y la Cofradía de la Soledad, dos años después, que gestionaban diversos corrales en la ciudad. La primera, puso en marcha tres corrales, dos en la calle del Príncipe (el corral de la Pacheca y el corral de Burguillos) y otro en la calle del Sol; mientras que la segunda, otros tres corrales de los que se conoce solo la ubicación de uno, el corral de la Cruz.

Localización aproximada de los antiguos corrales de comedias de Madrid en el plano de Frederic de Wit y Antonio Marcelli, hacia 1622-1635.

En sus primeros años no se generaron ingresos suficientes para subsistir de manera independiente, y en 1574 se unieron -previa autorización real- las Cofradías de la Pasión y Soledad para gestionar comercialmente los corrales. A pesar de ello, las recaudaciones no cubrían las necesidades a las que iban destinadas, como el creciente número de hospitales de beneficencia que se construían. Felipe III decretó en 1615 que los corrales pasasen a ser gestionados por el Ayuntamiento de cada villa y se regularon las representaciones: hubo un protector de comedias, uno o dos alguaciles por corral y dos comisarios por cada cofradía, además del comisario de libro que vigilara el orden, eso sin contar los censores sobre el texto y la obra expuesta, cargo este último que ya funcionaba desde sus inicios. Estas disposiciones no se aplicaban a otras ciudades españolas que también disponían de corrales de comedias como en Barcelona, Málaga, Segovia, Sevilla… e Hispanoamérica.

En la actualidad no se conserva ningún corral en Madrid, solo dentro de la Comunidad madrileña se encuentra el corral de Alcalá de Henares, que, junto al corral de Almagro, en Ciudad Real, son los únicos en los que aún se representan obras. Es precisamente este último, el mejor conservado, ejemplo de teatro del siglo XVII y el único activo en el mundo donde se representan obras del Siglo de Oro fielmente como siglos atrás.

Corral de Comedias de Almagro, Ciudad Real, España. Imagen de Carlos Delgado; CC-BY-SA
Corral de Comedias de Almagro. Imagen de Antonio Leyva

Corrales y literatos

Los propietarios de las casas solían alquilar el derecho a ver la obra desde sus casas al arrendador de la corrala y la gente se distribuía en el interior del corral según su estatus social: los nobles, en los balcones más elevados, en ocasiones disponían de una celosía para no ser vistos; abajo, el patio empedrado conocido como de «mosqueteros» que se dividía en una parte delantera con bancos y detrás una zona más amplia para estar de pie, donde se situaba el pueblo, muchos comerciantes y artesanos liderados por el gremio de zapateros; alrededor del patio se disponían las gradas, reservadas para las familias de los artesanos con mayor poder económico y las mujeres debían ir a la cazuela, conocida hoy como el gallinero.

Durante las representaciones el público podía comer y beber entre actos y, aunque estaba prohibido el alcohol, la bebida más consumida era la aloja, lo más parecido a nuestra caña de cerveza o tinto de verano para refrescarnos, hecha con «agua del río, levadura antigua, miel muy buena, polvos de jengibre y pimienta longa, canela, clavo y nuez de especia», que se vendía en el mismo lugar y que muchos consumían mezclada con vino. Si la función gustaba, los vítores y los aplausos enorgullecían a los actores, por el contrario, si no era de su agrado, les abucheaban y lanzaban fruta podrida o huevos, especialmente los integrantes del gremio de zapateros, que acudían bien provistos de cascabeles, pitos y carracas, y a los que los empresarios procuraban tener contentos antes de la función.

Lope de Vega «El Fénix de los Ingenios» o «monstruo de naturaleza» como lo llamó Cervantes dando muestra de su antipatía por él, fue uno de los poetas y dramaturgos más importantes del Siglo de Oro español, y también uno de los más prolíficos y de más éxito. Guillén de Castro, uno de sus discípulos, escribió grandes dramas caballerescos; Juan Ruiz de Alarcón, crítico de los defectos de la sociedad; Antonio Mira de Amescua, con sus ideas filosóficas; Tirso de Molina, genio a la hora de complicar la trama de sus obras y Calderón de la Barca, con sus fríos y obsesivos personajes. Son solo algunos de los genios literatos que representaron obras que quedaron para la posterioridad. Cada día la gente acudía a los corrales a ver sus obras y algunos autores se convirtieron en verdaderas superestrellas del momento, como Lope de Vega y Calderón de la Barca, que estrenaron la mayoría de sus obras en los corrales del Príncipe y el de la Cruz, los más famosos del momento.

Entre los distintos corrales había también rivalidades para ver quién era mejor. Digna de mención es la ocurrida durante el siglo XVIII entre el Teatro del Príncipe, que contó con su propio grupo de seguidores, los Chorizos, que rivalizaron con los adeptos al Teatro de la Cruz, los Polacos. No eran raras las disputas y peleas entre ellos, obligando a los alguaciles y al alcalde de Casa a esforzarse en más de una ocasión para poner orden.

Con Felipe IV reinando se apoyaron los espectáculos y a los actores y dramaturgos, que iniciaron su profesionalización, además, habilitó otros lugares para representar funciones como en la Plaza Mayor de Madrid (donde también se celebraban corridas de toros, conciertos y autos sacramentales) o el Coliseo del Buen Retiro, el primer teatro con planta de herradura y techo (teatro a la italiana) construido en España. Las funciones se publicitaron de distintas maneras, siendo la preferida la de los carteles escritos a mano y pegados en las paredes de lugares concurridos. Con Felipe V se construyó el último gran corral de comedias madrileño, el de los Caños del Peral, próximo a la Plaza de Ópera, pero con el paso del tiempo la mayoría de los corrales de comedia se deterioraron o sufrieron devastadores incendios, acometiéndose restauraciones que los convirtieron en los teatros que hoy todos conocemos y muchos disfrutamos, por lo que… ¡Mucha mierda, a todos los que se dedican al arte de la interpretación!

Para saber más:

Corral de comedias de Almagro

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