¿De dónde surge la costumbre de cambiar el nombre a los Papas?

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Un día llama al Convento del Santo Espíritu de Roma, y responde una monja diciendo: «Hola, soy la Madre Superiora del Espíritu Santo»; y enseguida el Santo Padre responde: «Lo lamento, tendrá que conformarse con el humilde vicario de Cristo en la tierra».

Pablo VI

Sucesor de Pedro, Santo Padre, Sumo Pontífice, Vicario de Cristo, Obispo de Roma y siervo de los siervos de Dios… el papa recibe distintos títulos y es costumbre que el «Obispo de Roma» al acceder al papado se cambie su nombre pero, ¿dónde se originó esta costumbre?

El término «papa» (del latín papa, «padre») se utiliza en distintas iglesias para designar a sus dirigentes y el papado. De orígenes humildes y oscuros rigió los destinos de Europa occidental a partir del siglo VI. Todos hemos visto que tras la fumata blanca que sale de la Capilla Sixtina al terminar una ronda de votación del Cónclave para elegir un nuevo Papa significa que hubo una votación exitosa. Desde que Pío XI se asomara por primera vez al balcón (Logia Central) de la Basílica de San Pedro cuando fue elegido el 6 de diciembre de 1922 es costumbre que los Papas se asomen en el balcón mientras el decano del Colegio Cardenalicio anuncia el Habemus Papam y da a conocer al nuevo pontífice, es entonces que le pregunta cómo quiere ser llamado (Quomodo vis vocari?).

¿Por qué cambian de nombre los Papas?

Esta costumbre se convierte en tradición a partir del siglo X, solo hubo dos Papas, Adriano VI y Marcelo II, que conservaron su nombre de bautismo, y la explicación la encontramos en el hecho de que Dios siempre cambiaba de nombre a las personas a quienes confiaba una misión: en el caso de Abrám, Dios cambió su nombre por el de Abraham que significa «padre de las naciones», porque Dios le prometió que lo iba a ser; en el Génesis también encontramos que Saraí recibió el nombre de Sara que significa «princesa» pues iba a ser madre de reyes; y Simón será llamado Cefas, es decir, Pedro (del griego, petros), roca sobre la que edificará la Iglesia.

La elección del nombre por parte de cada Papa bien puede estar motivada para honrar a alguno de sus predecesores y los más usados han sido Juan (23), Gregorio (16), Benedicto (16) y Clemente (14). Ninguno quiso llamarse Pedro, el primer Papa, ya que podría considerarse una manera de equipararse a él.

Lista de Papas enterrados en la Basílica de San Pedro. Haz clic en la imagen

El papa Mercurio, el primero

Antes de que esta costumbre se convirtiera en tradición encontramos que hasta el año 532 los sucesores de San Pedro usaran sus nombres de pila, indicando también su lugar de procedencia, y el 31 de diciembre de ese año, el nuevo Papa, que se llamaba Mercurius, claramente un nombre pagano y dios romano, lo cambió por el de Juan II, en honor a su predecesor Juan I, quien falleció mártir en la misma ciudad de Roma. Antes de ser elegido estuvo un tiempo en la Iglesia de San Clemente, en el Monte Coelius, donde se conservan documentos que se refieren a él como «Johannes II, apellidado Mercurius».

Lo cierto es que el pontificado de Juan II fue corto, tan solo de dos años, pero intenso. El mismo año que accedió pidió al rey de los ostrogodos, Atalarico, que reconociese la validez del decreto romano que prohibía la compra y venta de títulos eclesiásticos (simonía). De hecho, se trató probablemente del último decreto del Senado, datado en tiempos de Diocleciano. El rey ostrogodo aceptó, pero se reservó el derecho de ratificar la elección papal. El año 535 estalló la guerra de Justiniano contra los ostrogodos, falleciendo ese mismo año el papa Juan II, que no llegó a ver la victoria de Bizancio. El año 536 es considerado por muchos como «el peor para vivir de la historia» al registrarse uno de los eventos climáticos más devastadores que cambiaría la historia para siempre, un invierno que duró 18 meses, puede que provocado por una potente erupción volcánica que provocó sequías, hambrunas y la plaga de Justiniano en el año 541, probablemente peste bubónica que se expandió por Constantinopla y de allí a todo el Imperio. El propio emperador fue víctima de ella, aunque se recuperó, sin embargo, la epidemia se llevó la vida de casi el 40 % de la población de la ciudad y 4 millones de personas en todo el imperio con las consecuencias catastróficas posteriores que todos conocemos.

Algunos sucesores del papa Juan II le imitaron y comenzaron a cambiar el nombre por el de apóstoles, mártires u otros papas, y a partir del siglo X se convirtió en tradición, así hasta nuestros días.

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Maksim

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