El escorbuto, «la peste de las naos»

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James Lind alimentando con un limón a un marinero enfermo de escorbuto durante el ahora famoso experimento del médico de 1747. De la serie A History of Medicine in Pictures , producida por la compañía farmacéutica Parke-Davis en 1959. 
Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos

Desde que Colón atravesó el océano Atlántico, hasta mediados del siglo XIX, los marineros temían a una enfermedad más que a cualquier tormenta, naufragio o batalla naval. Era tan grave que causaba la muerte de quien la padecía y se calcula que en esos siglos mató a más de dos millones de marinos. Antes de partir a una larga travesía se diseñaban las tripulaciones considerando que el número de bajas por esta enfermedad sería del 50 %. Me refiero al escorbuto.

Una terrible enfermedad

El escorbuto afectó a muchos grandes exploradores como el hermano de Vasco de Gama; a la tripulación de Fernando de Magallanes y a la fatídica expedición del marino británico George Anson en su circunnavegación del mundo a mediados del siglo XVIII para capturar el Galeón de Acapulco, que se cobró cientos de vidas de sus hombres.

Esa enfermedad desconocida empezó a hacer estragos entre nosotros, bajo una forma muy rara de la que nunca habíamos oído hablar y que jamás habíamos visto. De tal manera que algunos enfermos perdieron por completo las fuerzas y no se podían sostener de pie. Luego se les hincharon las piernas, los músculos se atrofiaron y se pusieron negros como carbón. Otros tenían la piel cubierta de manchas de sangre.

Jacques Cartier, navegante francés (1535)

El escorbuto, lejos de estar erradicado, sigue estando presente en nuestro mundo y no afecta solo a los hombres de mar. Inicialmente se manifiesta por un gran cansancio, por eso se atribuyó a la pereza y a un castigo divino, a medida que progresa aparece dolor articular generalizado, sangran las encías hasta que caen los dientes y finalmente sobreviene la muerte en medio de grandes dolores.

Hoy se sabe que es una avitaminosis mortal por deficiencia de Vitamina C o ácido ascórbico, pero no se identificó hasta el siglo XVIII. El cuerpo no puede producir la vitamina C por sí solo, ni tampoco la almacena, por eso es importante incluir alimentos que contengan esta vitamina en la dieta diaria para el correcto crecimiento y reparación de los tejidos, pues es necesaria para formar el colágeno, una proteína utilizada para producir la piel, los tendones, los ligamentos y los vasos sanguíneos y para sanar heridas y cicatrizarlas, entre otras muchas acciones. Diríamos que el colágeno mantiene unidos nuestros tejidos.

En los viajes de más de tres meses de duración es cuando se hacía más evidente esta enfermedad. La comida que llevaban los barcos eran alimentos en conserva y estos no tienen vitaminas, provocando un déficit no solo de vitamina C, sino de vitamina B1, que causa el beriberi y vitamina B3, que causa pelagra. En ocasiones, se sufrían varias de estas enfermedades al mismo tiempo, provocando inestabilidad mental, edemas en las piernas y otra sintomatología, siendo la clínica del escorbuto la más evidente de todas ellas. Siempre que un marino enfermaba durante una travesía se decía que la sufría, aunque presentara síntomas muy distintos, y era tan frecuente que se referían a ella como «la peste del mar».

Sin embargo, hubo unos marineros que no sufrieron la enfermedad, los balleneros vascos, que en sus viajes a Groenlandia y Terranova llevaban en sus bodegas trigo, tocino, habas, aceite, ajos, vinagre, mostaza, sal, bacalao, sardinas, bizcocho, galletas y… una pócima mágica, la sidra, la cual, gracias a la fermentación de la fruta mantenía las propiedades de las vitaminas.

La aportación española y la sabiduría perdida

Dicen que la Historia la escriben los vencedores y así fue en el caso del escocés James Lind como os explicaré más adelante. Tradicionalmente se le asocia al tratamiento eficaz del escorbuto, pero en 1980, el epidemiólogo e ilustre marino Don Julián de Zulueta y Cebrián, publicó un artículo en la Revista General de Marina «La contribución española a la prevención y curación del escorbuto en la mar» en el que explicaba que encontró en el Archivo de Indias de Sevilla documentación de que a principios del siglo XVII era habitual llevar abundante provisión de limones y naranjas en los buques españoles para tratar el escorbuto en sus largas travesías, y que para evitar que se estropeasen envasaban el zumo sin aire (agrios) o lo calentaban al baño maría (jarabe). Ciertamente, no sabían porqué estos cítricos curaban, pero la experiencia les llevó a utilizarlos para tratar este mal salvando así miles de vidas. Probablemente debido a que con el tiempo la vitamina C se perdía o se pudría, hizo que con el paso de los años se desacreditara este remedio pasando al olvido, además, obtener cítricos no resultó precisamente barato.

De época anterior, en 1535, el primer explorador francés en América, Jacques Cartier, trajo noticias al continente europeo sobre una especie de té que los nativos americanos prepararon a partir de la corteza y las hojas de un árbol, gracias al cual su tripulación se curó milagrosamente después de que sus barcos se encerraran en el hielo en el río San Lorenzo. El médico sevillano Farfán, publicó en 1579 «Tractado breve de Anathomia y Chirugia, y de algunas enfermedades, que más comúnmente suelen haver en esta Nueva España». La obra tuvo gran éxito en su momento y se reeditó en varias ocasiones. Encontramos otras referencias anteriores al escocés James Lind como en el caso del capitán Sebastián Vizcaíno, que administraba una frutilla de la isla de Mactán (xocohuitzles) y en la expedición Alejandro Malaspina, financiada por la Corona española en la época ilustrada de Carlos III, considerada la primera larga travesía libre de escorbuto.

Muchos marineros reconocieron la conexión entre sus dietas y su salud, pero no fue hasta 1734 que el médico holandés Johannes Bachstrom propusiera el término antiescorbútico para describir a las verduras frescas, convirtiéndose en la primera persona (que se sepa) en sugerir que el escorbuto podría ser una enfermedad producida por una deficiencia.

El escocés James Lind y su ensayo clínico

En el siglo XVIII la Corona Británica fue consciente que para ganar su pugna contra la flota de Napoleón debían ganar antes su batalla contra el escorbuto. En aquellos tiempos el mejor lugar para estudiar Medicina en Gran Bretaña era Edimburgo y es allí donde estudió James Lind.

Destinado como cirujano naval en el HMS «Salisbury» en 1747, que patrullaba el Canal de la Mancha, su capitán, George Edgecombe, naturalista reconocido, vio con buenos ojos cualquier experimento que hiciera avanzar la medicina. Lind asistió tiempo atrás numerosos brotes de «la peste de las naos», pero hasta entonces no se atrevió a proponer a los capitanes ningún experimento para intentar curarla.

El 20 de mayo de 1747 eligió a doce hombres entre los enfermos y los dividió en seis parejas. A la primera pareja le administró un litro de sidra al día; a la segunda veinticinco gotas de elixir de vitriolo tres veces al día; la tercera pareja engullía dos cucharadas de vinagre tres veces al día; la cuarta recibía un cuarto de litro de agua de mar por día; a la quinta le fue administrada un par de naranjas y un limón diario por cabeza; y la sexta, al fin, debía tomar una pasta hecha a base de hortalizas y vegetales, como ajo, mostaza, etc.

El resultado fue espectacular en el caso de la pareja que ingirió cítricos al quedar restablecidos con rapidez; también los que tomaron sidra sintieron una clara mejoría. No así el resto.

Un año después abandonó la «Royal Navy» inseguro de sus resultados y realizó una tesis doctoral sobre las enfermedades venéreas. Lind desconocía por qué motivo mejoraron los marineros en su experimento, pero dio a conocer sus resultados en 1753 publicando «A treatise of the scurvy», una obra de cientos de páginas donde describió su ensayo en tan solo cinco párrafos, resumiendo su resultado en una simple frase:

(…) como tendré ocasión en otra parte de tomar nota de los efectos de otras medicinas en esta enfermedad, aquí solo observé que el resultado de todos mis experimentos fue que las naranjas y los limones eran los remedios más efectivos para este moquillo en el mar.

A pesar de la eficacia del tratamiento la noticia fue acogida con escepticismo, y por razones inexplicables los cítricos no fueron incluidos en la dieta de los marineros, probablemente por la dificultad de conservar las frutas a bordo.

El mérito de Lind no radicó en ser el primero en encontrar una cura al escorbuto, sino en estudiar el efecto de la alimentación en un experimento considerado uno de los primeros ensayos clínicos reportados y controlados en la historia de la medicina, especialmente por el uso de un grupo control.

Un discípulo de Lind, Sir Gilbert Blane, médico jefe de la flota británica, tuvo la genial idea de añadir un poco de alcohol destilado en el zumo de los cítricos, conservando así sus propiedades. Tras innumerables gestiones consiguió que fuera obligatoria su distribución en todos los buques en 1795 durante las contiendas que llevaba a cabo Gran Bretaña en las Guerras Napoleónicas, además de aplicar las recomendaciones higiénicas que realizaba el capitán de la Marina Real británica James Cook, disminuyendo drásticamente la mortalidad por escorbuto, a diferencia de las tropas francesas que seguían padeciendo la enfermedad. Algunos afirman que el Imperio británico nació de las semillas de los cítricos. Puede que se exagere (o no), pero el resto de países copiaron esta medida.

Decía al principio que el escorbuto sigue estando muy presente en el mundo. Cárceles, campos de refugiados y prisioneros de guerra en el siglo XX lo han sufrido especialmente, así como los bebés de familias adineradas que podían permitirse darles leche de vaca pasteurizada, con lo que la vitamina C se destruía por efecto del calor, de hecho, la vitamina C es muy delicada al deteriorarse por la acción de la luz y de las altas temperaturas, además de disolverse en el agua de cocción.

Se recomienda tomar tres piezas de fruta seca y al menos una ración de verduras crudas cada día (el repollo y el brócoli tienen mucha), requiriéndose una dosis de 90 mg/día en adultos, cantidad que se supera con un zumo de naranja casero y un kiwi, eso sí, si fumas, estás estresado, bebes alcohol o estás embarazada aumentan las necesidades de esta vitamina. Así que, a comer muchas frutas y verduras, el cuerpo os lo agradecerá.

Para saber más:

Escorbuto o la enfermedad de los nautas. Aportación de los navegantes españoles a su conocimiento y tratamiento, de J. Herrera. Fundación Farmacéutica Avenzoar. Sevilla. España.

6 comentarios

    1. Hola Alfonso,
      pienso que también es un tema a reflexionar. Cómo algo tan sencillo como llevar este tipo de alimentos pudo salvar tantas miles de vida en el mar. Ironías de la vida (o de la muerte).
      Saludos

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