(Don) Álvaro de Luna

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Sepulcro de Álvaro de Luna en la capilla de Santiago de la catedral de Toledo. Imagen de Borjaanimal

«Álvaros» de Luna hubo muchos en la Historia. Que si pintores, que si músicos, que si actores, que si políticos, pero que merezcan la distinción social «don», pocos hay, y encontramos a uno de ellos en la Castilla tumultuosa del siglo XV.

Una Castilla inmersa en intrigas

Don Álvaro de Luna nació a finales del siglo XIV en Cañete (Cuenca). En realidad, no se llamaba Álvaro, sino Pedro, y es que el nombre se lo cambió su tío abuelo, el papa Benedicto XIII de los convulsos años del Cisma de Occidente, conocido como el «Papa Luna». Otro tío suyo, Arzobispo de Toledo, le introdujo en la Corte castellana y desde entonces su ascensión e influencia política no dejó de crecer.

En aquellos tiempos, antes del reinado de los Reyes Católicos, en Castilla se sucedieron continuas pugnas entre nobles, reyes e infantes. Si nos lo paramos a pensar fueron tiempos difíciles, para todos, pero más para el pueblo que siempre fue el más perjudicado (como siempre). Las traiciones y los asesinatos estaban a la orden del día, y si hubo un personaje que supo moverse como pez en el agua en esas turbulentas aguas, ese fue nuestro don Álvaro de Luna.

Pequeño de cuerpo, menudo de rostro, bien compuesto de sus miembros, buen cabalgador, diestro en las armas y en los juegos, razonable, discreto, cauteloso y gran disimulador, así le describen los cronistas, y aunque fue fiel al rey Juan II de Castilla, padre de la futura Isabel «La Católica», para conseguir sus objetivos y sus propios intereses lo trató como una simple marioneta, apoyándose en la baja nobleza, las ciudades y el clero, para hacer frente a los Infantes de Aragón (sus verdaderos enemigos y pretendientes a la Corona) y al resto de partidos nobles que amenazaban su poder. También fue buen erudito y escritor. Opuesto a la tradición medieval, sentía aversión y no confiaba en las mujeres, pero escribió el libro de las vituosas e claras mugeres, una obra en defensa de la mujer con más de cien ejemplos de virtudes femeninas.

Durante el golpe de estado de Tordesillas del Infante de Aragón, Enrique, en 1420, demostró su lealtad al monarca, y su enemistad con los Infantes. Once años después se casó con su segunda esposa, Juana Pimentel (anteriormente estuvo casado con Elvira Portocarrero, con la que no tuvo hijos), logrando situarse en la más elevada aristocracia.

Don Álvaro de Luna consiguió con los años más y más poder gracias al Rey, acumuló rentas y señoríos, y entre los cargos que ostentó destacan los de ser Condestable de Castilla, Maestre de la Orden de Santiago y valido del rey Juan II de Castilla. La nobleza, que no estaba dispuesta a consentirlo al verlo como un problema para sus propios intereses, y sus choques constantes con los Infantes de Aragón, hicieron que sufriera distintos destierros (breves, por otra parte) y sucedieran diversas guerras civiles por la Corona de Castilla.

Para complicarlo todo aún más, el príncipe de Asturias y heredero de la corona de Castilla, Enrique (futuro hermanastro de Isabel «La Católica» y rey Enrique IV de Castilla) se unió al noble castellano, Juan Pacheco, quien llegó a la corte de mano del propio don Álvaro de Luna.

Tras la batalla de Olmedo, en 1445, los Infantes de Aragón quedaron derrotados. Pocos días después surgieron desaveniencias entre los vencedores, en concreto entre el príncipe de Asturias, Enrique, y don Álvaro. Aconsejado por Juan Pacheco, el príncipe emprende en secreto la huida del campamento real situado en Simancas a Segovia. Para que el príncipe volviera a la obediencia de su padre, Enrique, aconsejado por Juan Pacheco, puso sus exigencias. Don Álvaro de Luna no tuvo otra opción que pactar con los nobles y en concreto con Juan Pacheco aconsejando al Rey a aceptarlas. En 1446 se firmó el acuerdo de Astudillo por el que el maestrazgo de Santiago pasaba a manos del Condestable, y el de Calatrava a Pedro Girón Pacheco, hermano de Juan; la ciudad de Jaén y la obediencia de la villa de Cáceres para el príncipe Enrique y las tres villas en tierras de Badajoz que exigía Juan Pacheco se le concederían, entre otras muchas propiedades de los Infantes de Aragón. También se acordó la amistad entre el condestable y Juan Pacheco, pacto que se hizo en presencia del obispo de Cuenca, del alférez mayor y de Alfonso Pérez de Vivero, entre otras personalidades.

Juan Pacheco entra en escena

De joven ya era ambicioso, astuto, trepador, austero en el vestir pero ávido de poder y de posesiones. Hábil, buen negociador, líder por naturaleza y gran estratega a la hora de dar al pueblo lo que quería oír para difamar a sus enemigos, utilizó tanto a los reyes como a los nobles para conseguir sus propios objetivos.

Sobrino de Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, muchos lo recordaréis de la aclamada serie Isabel de RTVE, como el valido de Enrique IV. Dominó la escena política desde los últimos años de Juan II y durante todo el reinado de Enrique IV. Fue su hombre de confianza, aunque no dudó en traicionarle por su propio interés cuando años después se puso del lado de la reina Isabel I, al igual que también maquinó contra de Álvaro de Luna, su mentor.

Como hemos visto antes, cuando parecía que los Infantes de Aragón ya no eran ninguna amenaza para don Álvaro de Luna (y para el rey Juan II), el Príncipe Enrique manifestó su disconformidad por no haber cumplido la promesa de su padre de conceder unos importantes señoríos a Juan Pacheco y exigió el perdón de los nobles que apoyaron a de los Infantes. Todo esto escondía el verdadero motivo del príncipe que no era otro que encabezar una nueva liga nobiliaria de oposición contra don Álvaro de Luna, de quien temía su poder, pero detrás de todo esto se encontraban Juan Pacheco y su hermano Pedro Girón. Ambos hermanos se complementaban a la perfección en sus oscuros objetivos: mientras Juan era la mente que urdía los planes y traiciones, Pedro era el hombre de acción, violento y brutal que ejecutaba sus decisiones.

El acuerdo entre don Álvaro de Luna y Juan Pacheco duró poco, y hacia 1450 la balanza parecía inclinarse hacia Juan Pacheco, que ejercía su voluntad sobre el príncipe Enrique, por otra parte, el Condestable necesitaba tener de su lado al heredero al trono para contener a sus numerosos enemigos. Con el tiempo, Juan Pacheco ganaba más poder y mayor era la dependencia del príncipe hacia su valido, mientras que el rey Juan II se alejaba inexorablemente de su Condestable. Todo se precipitó cuando don Álvaro de Luna intentó ceder el maestrazgo de Santiago a su hijo Juan, tras obtener el permiso papal, sin embargo, al comunicarle su plan al monarca mientras se encontraba en el palacio de Madrigal de las Altas Torres este se negó. Allí sucedieron oscuros episodios, incluso un intento de asesinato del Condestable, por lo que el rey decidió trasladar la Corte a Burgos, donde se veía más seguro en la fortaleza de los Estúñiga, por otra parte, grandes enemigos de don Álvaro de Luna, sin embargo, este decidió acompañar a su monarca.

La segunda esposa de Juan II de Castilla, Isabel de Portugal, quería deponerlo por la influencia que tenía sobre su marido y convenció a Pedro de Estúñiga, que se encontraba en Béjar, para que se uniera a la conspiración contra el Condestable, aceptando este.

El ocaso y muerte de don Álvaro

Es ahora que para desgracia de nuestro don Álvaro de Luna, entra en acción Alonso Pérez de Vivero, que entró al servicio gracias al mismo don Álvaro de Luna, a principios de la década de 1420, y diez años después fue nombrado contador mayor, cargo que le proporcionó grandes beneficios y territorios. Tras la batalla de Olmedo, Vivero, apoyó a su mentor, sin embargo, en 1452, su privilegiada posición cerca del rey le hizo ver que la relación de Juan II con don Álvaro de Luna estaba llegando a su fin. Fue así que Alonso Pérez de Vivero decide traicionar al Condestable, advirtiendo al I conde de Plasencia y señor de Béjar el plan que tenía don Álvaro de Luna para ocupar la fortaleza de Béjar y hacerle preso, pero esta traición llegó a oídos del Condestable y ordenó que le mataran en una reyerta callejera, un viernes Santo en Burgos de 1453.

Tras descubrirse que el Condestable estaba detrás del asesinato, sus enemigos tenían la excusa perfecta para apresarle. Así, el 1 de abril de 1453, el rey reclamó que el hijo de Pedro de Estúñiga, Álvaro, entrara en Burgos, y dos días después firmaba la detención del condestable. Tras resistirse al principio, la mañana del día siguiente se entregó.

La mujer de don Álvaro de Luna, Juana Pimentel, y su hijo, hicieron lo imposible con los enemigos de su marido para que le indultaran, pero no encontraron apoyos suficientes. Fue tal la desesperación de Juana que escribió al rey una carta en la que aseguraba que resistiría la orden del rey y si fuera preciso solicitaría ayuda incluso a los moros o al mismo diablo. El monarca, convocó un tribunal de legistas que le condenaron.

El 1 de junio don Álvaro fue trasladado a Valladolid y allí fue degollado al día siguiente en la Plaza Mayor, acusado de usurpación de las funciones regias. Su cabeza fue expuesta durante una semana en el cadalso y fue sepultado en el cementerio de la iglesia de San Andrés y trasladado poco después al convento de San Francisco. Su mujer se refugió el 30 de junio en la fortaleza de Escalona con sus hijos y sus grandes tesoros, pero finalmente tuvo que entregar las villas y los señoríos, que se repartieron entre sus enemigos, conservando solo alguna que otra posesión. A partir de entonces comenzó una lucha para recobrar los bienes de su marido, firmando desde entonces sus documentos con el sobrenombre de «La Triste condesa».

Tras su muerte, su fiel servidor Gonzalo Chacón cogió sus restos para trasladarlos a Toledo donde los puso en su capilla y que podemos ver en la imagen con la que inicio este post, pero de Chacón hablaremos en otra ocasión. 😉

4 comentarios

  1. Realmente interesante, FJT, al que no le guste o no le haya interesado nunca la historia (nuestra historia, en este caso) no tiene más que leerte para que su interés crezca de modo exponencial con cada uno de tus magníficos artículos.

    1. Hola Enrique,
      pues debo adelantarte que estoy escribiendo una nueva novela histórica que, sin pretenderlo, es una precuela de la serie Isabel ¡Ja, ja, ja! Juan II, don Álvaro de Luna, Chacón, entre otros, serán sus protagonistas. Te lo cuento como primicia, pero no se lo digas a nadie 😉
      Abrazos

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