El Filósofo-Perro Diógenes frente al sabio Platón

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Diógenes sentado en su tinaja. Jean-Léon Gérôme (1860)

La sabiduría sirve de freno a la juventud, de consuelo a los viejos, de riqueza a los pobres y de adorno a los ricos

Diógenes de Sínope

Sócrates, Platón, Aristóteles… todos ellos grandes filósofos cuyo pensamiento ha ejercido una enorme influencia sobre la historia intelectual de Occidente por más de dos mil años. Y Diógenes, ¿quién se acuerda de él? Porque en nuestros días muchos lo asocian solo a un síndrome ocasionado por un trastorno del comportamiento y que recibió (injustamente) su nombre. Suerte que el historiador griego Diógenes Laercio en sus Vidas de filósofos ilustres nos muestra sus enseñanzas.

Uno de los principales motivos por los que pasó al olvido fue que apenas escribió nada, y su vida, realmente singular, ha terminado por eclipsar sus ideas. Nació en Sínope, ciudad costera turca del mar Negro, hijo de un banquero que le facilitó tener una juventud feliz hasta que le acusaron de falsificar moneda y le desterraron. Siempre declaró que lo hizo para cumplir un mandato del oráculo de Delfos que le ordenaba invalidar la moneda en curso, aunque el verdadero sentido de la orden lo comprendió años después, convirtiéndose en la base de su pensamiento: la superioridad de la naturaleza sobre la costumbre establecida.

Sus ideas, su carácter

No puede negarse que tuvo muy claras sus ideas y que le sobraba carácter para llevarlas a término. Cuenta una leyenda que en una ocasión en un viaje en barco a Egina fue capturado por piratas y vendido como esclavo en Creta. En el mercado le preguntaron por su profesión y dijo que lo único que sabía hacer era gobernar hombres, así que exhortó a que le vendieran a alguien que necesitara un amo. Un hombre de Corinto, Xeniades, le compró y puso a sus dos hijos a su cargo, poco tiempo después fue puesto en libertad tras ganarse el favor de la familia.

Su maestro fue uno de los discípulos de Sócrates, Antístenes, fundador de la escuela cínica, que consideraba que la única preocupación del hombre debía ser la virtud para alcanzar la felicidad. Lo del nombre de cínico viene de su insistencia en denunciar los vicios, «ladrando» contra ellos desde una tribuna (kynikós significa «canino» en griego). Así, el hombre más feliz es el que tiene menos preocupaciones y necesidades, y para conseguirlo debe desprenderse de cualquier preocupación material. ¡Cuánta razón y qué difícil de cumplir! Si nos lo paramos a pensar estas enseñanzas se repiten a lo largo de la historia en corrientes como el budismo, el confucianismo y algunas religiones.

Diógenes siempre proclamó que era «ciudadano del mundo». Como un pobre se aposentó en el centro de la vida de la ciudad de Atenas, en el ágora, y la gente le gritaba: «¡Perro!», a lo que él replicaba: «¡Perros sois todos vosotros que me rondáis cuando como!». La gente que pasaba a su lado nunca le daba limosna al pensar que un filósofo que solo se dedicaba a pensar no lo necesitaba, a diferencia de un tullido. Pero siempre prefirió criticar el mundo desde la pobreza antes que vivir en una sociedad embrutecida por el dinero.

Ciertamente su actitud debió de escandalizar. Ventoseaba estruendosamente en lugares concurridos, orinaba encima de alguien como un perro, se masturbaba en público, y aunque podía parecer la conducta de un loco estas provocaciones escondían un trasfondo ético y era su manera de denunciar los vicios de su época.

Se obsesionó con la idea de alcanzar una vida llena de virtud con el autocontrol de sus pasiones y no se cortó ni un pelo en conseguirlo y en criticar a quienes le criticaban. No le importaba soltar improperios a cualquiera, ya fueran reyes o esclavos, incluso se mofó públicamente del mismísimo Alejandro Magno, y a los que se esforzaban en trabajar hasta la extenuación para comprar cosas que en realidad no necesitaban los llamaba estúpidos.

Su crítica a Platón

La Escuela de Atenas, de Rafael (Museos Vaticanos) Vemos a Diógenes en el suelo, y a Platón y a Aristóteles en el centro del fresco.

En opinión de Diógenes las escuelas y academias eran espacios de soberbia por parte de los filósofos, pues un pensamiento propio era mucho mejor que las enseñanzas que pudieran dar otros, así, si nos equivocábamos, podíamos enmendar nuestros propios errores.

Saboteaba las clases de Platón en los mismos jardines de la Academia, en las afueras de Atenas, cuando este discutía sus interpretaciones de Sócrates.

Cuando Platón dijo que Sócrates definió al hombre como “un bípedo sin plumas”, Diógenes desplumó un pollo, lo llevó a la Academia de Platón y lo soltó allí diciendo “ahí os traigo un hombre”. Después de este incidente la definición de ser humano de Platón se completó con el añadido “con uñas anchas y planas”.

Tanto Platón como Antístenes eran discípulos de Sócrates, pero ambos tomaron caminos filosóficos muy distintos. El platonismo frente al discurso cínico, idealismo frente al realismo. Platón busca el «Hombre», Diógenes, un «hombre». Podemos imaginarnos la escena entre el enfrentamiento de Platón y Diógenes: la solemnidad y seriedad del conocimiento de uno contra la ironía del otro.

El «síndrome de Diógenes»

Se trata de un trastorno del comportamiento humano estudiado científicamente por primera vez en 1960 que se caracteriza por el abandono social y personal, así como el voluntario aislamiento en el hogar y la acumulación compulsiva de basura y desperdicios. Es un síndrome que suele afectar a personas de edad avanzada que viven solas, e imagino que tras leer lo que acabo de explicaros coincidiréis conmigo en decir que cuando le pusieron en 1975 el nombre de Diógenes a este síndrome resultó toda una injusticia, cuando el filósofo, en realidad, no acumulaba cosas, sino todo lo contrario, despreciaba casi todo. No tenía posesiones y defendía todo lo contrario, deshacerse de lo que no era necesario para vivir y así poder vivir de la forma más libre posible.

Diógenes, ya en la vejez, siguió viviendo pobre. En una ocasión, uno de sus amigos le aconsejó que se relajara con los rigores a los que se sometía, pero le contestó: «Esto es como si, en plena carrera y cuando estuviera a punto de alcanzar la meta, se me aconsejara que parase».

Para saber más:

Diógenes Laercio. Vida y opiniones de los filósofos ilustresTraductor: Carlos García Gual. 1ª edición, Madrid: Alianza Editorial. 2007. Colección: Clásicos de Grecia y Roma.

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