Una historia muy borracha

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El triunfo de Baco o Los Borrachos (1628 aprox.) del pintor sevillano Diego Velázquez (Museo del Prado)

Merluza, tranca, castaña, intoxicación etílica, ebriedad, embriaguez, mareo, mierda… Podemos llamarla de muchas formas, pero una borrachera es una borrachera, hoy, y hace más de dos mil años.

Podemos decir sin temor a equivocarnos que el alcohol es la droga más antigua, usada por los hombres del Neolítico, incluso, mucho antes, puede que los del Paleolítico ya la hubieran probado al masticar raíces de cereales y fermentando los azúcares tras añadirles saliva. La primera referencia escrita es un tablilla de arcilla sumeria escrita en cuneiforme y datada en 2050 a. C. en la que se menciona una bebida fermentada de los granos de cereales denominada siraku.

Encontramos en el segundo milenio a. C. en la antigua China, numerosos testimonios sobre el uso y abuso de bebidas alcohólicas, y del antiguo Egipto -cómo no, egipcios tenían que ser- encontramos un papiro del 2 800 a. C. en el que se dice que se arrestó a un conductor de carros que conducía borracho y chocó contra una estatua de la diosa Athor. Podemos decir que es el primer accidente registrado originado por un estado de embriaguez, y si hablamos de la primera referencia escrita a la palabra «borrachera» hemos de avanzar en el tiempo hasta mediados del siglo XVI, aunque en los siglos posteriores se utilizó más habitualmente el término «borrachez».

El sabio Sócrates decía que «el alcohol hidrata y suaviza el alma, adormece las preocupaciones y revive nuestras alegrías», así pues, si lo dice todo un sabio, pues nada, griegos y romanos se daban a la bebida sin poner muchos límites que digamos. Pero es que ellos mismos se sorprendían de las grandes borracheras de los galos, con cerevisia, e hispanos, con ceria, una especie de cerveza de centeno o de cebada. Y, cómo no, de la cerveza consumida en la antigua Irlanda, reservada a los guerreros, como el hidromiel se reserva a los sacerdotes.

Alcohol y religión

Claro está, a los dioses debíamos involucrarlos, ya sea Dionisos para los griegos, Saturno o Baco para los romanos. Y ya que entramos en religión, la tradición judeo-cristiana nos presenta a Noé saliendo del Arca tras el Diluvio universal, como inventor del vino, algo que podemos admirar en el fresco que pintó Miguel Ángel en la serie del Génesis de la Bóveda de la Capilla Sixtina y que aquí os presento.

La Embriaguez de Noé

En la Biblia son abundantes las referencias al vino como alegría y don de Dios. Y si hablamos del Corán, el libro sagrado del Islam, sí, sabemos que prohíbe de forma expresa a todos los creyentes el consumo de bebidas alcohólicas por los efectos dañinos para el cuerpo, para la vida y la familia del consumidor, sin embargo, resulta extraño que digan en el capítulo (surah) 83.25, que el Señor dará a beber como bebida pura a sus elegidos, en el paraíso, «vino perfumado y sellado». Y si hablamos del budismo, el alcohol se prohíbe porque intoxica el cuerpo y la mente.

Fuera de Europa

Si salimos del continente europeo, encontramos que se reservaba para los guerreros en Ruanda una cerveza de plátanos, considerada como ‘bebida de inmortalidad’. En Nubia y Abisinia, se emborrachaban con cierto vino de dátiles. En el antiguo México, los Aztecas consideraban que para contactar con algunas de sus divinidades debían llegar a cierto grado de ebriedad para que no cayera sobre ellos toda su cólera. ¡Así, hasta yo soy capaz de verlos!

¿Por qué nos emborrachamos?

Dejando situaciones personales a un lado, el culpable de este estado no es el alcohol etílico, sino del acetaldehído, un compuesto que se forma al metabolizar el alcohol dentro del cuerpo. El órgano en cuestión es el hígado, que, cuando no puede metabolizar o procesar la cantidad de alcohol consumida, no podrá evitar que ese alcohol sobrante circule por la sangre hasta nuestro cerebro ocasionando una intoxicación alcohólica, es decir, la temida borrachera, pensad que la más o menos rapidez de esta metabolización queda determinada principalmente por la genética del individuo, es por esto que no todos toleramos de igual forma el mismo consumo de alcohol. En condiciones normales el hígado metaboliza el 90 % del alcohol consumido y el 10 % restante se elimina por el aire espirado, y muy poco por orina o transpiración. Recordad que en los controles de alcoholemia se mide el alcohol en el aire espirado, dando una equivalencia a la cantidad de alcohol en la sangre.

La intoxicación alcohólica aguda es una emergencia médica porque puede llevar al coma, a presentar depresión respiratoria e incluso la muerte, por el efecto depresor del alcohol sobre el sistema nervioso central. Hemos de tener en cuenta que no es lo mismo que ser un alcohólico crónico. Este siempre alegará que a él nunca se le ha visto borracho, y que borracho es aquél que se le ve con frecuencia en estado de embriaguez, pero ya sabemos que el alcohólico crónico sufre una enfermedad progresiva que no solo pondrá en riesgo su vida, sino que de una forma u otra afecta a todos los que le rodean.

Para algunos el consumo de alcohol es un pecado, para otros una forma de envenenamiento, pero es una droga legalizada en muchos países y vivimos en una sociedad en la que su consumo está generalizado. Sin embargo, dejadme que acabe aportando unos datos de la Organización Mundial de la Salud:

  • El alcohol es responsable de más de 200 enfermedades y trastornos.
  • Su consumo hace que sea responsable de más del 5 % de las defunciones en todo el mundo.
  • Entre las personas de 20 a 39 años, aproximadamente el 13,5 % del total de muertes son atribuibles al alcohol.
  • El consumo nocivo de alcohol acarrea importantes pérdidas sociales y económicas a las personas y a la sociedad en general.

Por cierto, ¿os habéis parado a pensar alguna vez de dónde viene el adjetivo «borracho»? Su origen hay que buscarlo en el latín «burrus» (‘rojizo’), que describe el color que adquiere el que ha consumido alcohol.

Para saber más:

Léxico de la borrachera, del Dr. Germán Suárez Blanco

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