El bautizo de Felipe II, entre la realidad y la leyenda

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La iglesia de San Pablo en Valladolid con el palacio de Pimentel a la derecha de la imagen. Imagen Pinterest

En la ciudad castellana de Valladolid encontramos una de esas curiosas leyendas que llegan hasta nuestros días transmitiéndose de generación en generación. Su protagonista fue un recién nacido, que con el tiempo se convertirá en el hombre más poderoso del mundo y en cuyo imperio se dice que nunca se ponía el sol, me refiero al rey Felipe II de España, llamado «el Prudente».

Paseando por el centro histórico de la ciudad encontramos una cadena entre los barrotes de una de las ventanas del palacio de Pimentel, sede actual de la Diputación Provincial de Valladolid, y aunque el propio edificio ya merece una visita, es la historia que esconde en él lo que atrae a curiosos y visitantes.

Ventana de la que supuestamente salió la comitiva hacia la Iglesia de San Pablo Imagen de vallisoletvm.com

En las Cortes celebradas en abril de 1527 la familia real se alojó en el palacio y el 27 de mayo nació en una de sus estancias el hijo del emperador Carlos y la emperatriz Isabel. Dos semanas después de su nacimiento, el miércoles 5 de junio, fue el día elegido por el Emperador para bautizarlo, y como era costumbre, la celebración debía ser en la parroquia a la que perteneciera el edificio en el que ocurrió el parto, en este caso correspondía el honor a la modesta parroquia de San Martín.

Justo al lado del palacio se encuentra la Iglesia de San Pablo, un monumental templo perteneciente a la orden de los Dominicos, y un lugar mucho más digno para bautizar al futuro rey. Según cuenta la leyenda, el emperador Carlos, para poder bautizar a su vástago en la Iglesia de San Pablo, justificó que, aunque la entrada principal de la casa pertenecía a la parroquia de San Martín, la ventana no. Para ello, hizo cortar las rejas de una ventana para permitir la salida del recién nacido y la comitiva que le acompañaba, y ordenó construir un pasadizo elevado de madera que comunicaba la ventana con el altar mayor de San Pablo. De esta forma, se cumplía con la costumbre que permitía a la nobleza acceder al templo sin tocar el suelo para no ensuciar sus ropajes, además de ocultarse de las miradas de la plebe que allí se reunía.

Según cuentan las Crónicas el pueblo aclamaba al rey, la música acompañaba la comitiva y el condestable de Castilla llevaba al príncipe en brazos, junto al duque de Alba. Detrás, con las fuentes, el conde de Salina; el conde de Haro, con la sal y el marqués de Villafranca, con la vela. Según el protocolo de la época, más retrasados iban la reina de Francia, doña Leonor, del brazo del duque de Béjar, así como las damas y los caballeros lujosamente vestidos. El arzobispo de Toledo ofició el bautismo, junto a los obispos de Osma y Palencia, y según dicen, mientras echaban el agua sobre la cabeza del infante, lloró fuertemente, vaya, que ya mostraba carácter. Se celebraron banquetes, torneos y corridas de toros en los que el pueblo se regocijaba y celebraba durante días el regio acto.

Hoy, esta anécdota está representada en un zócalo de azulejos en el interior del palacio con doce escenas de episodios históricos de la ciudad, realizados por el ceramista J. Ruiz de Luna.

Azulejo del Palacio de Pimentel en el que se ve la pasarela hasta el templo


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