Virginia Oldoini, la condesa coqueta

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Imaginaros la escena de película. Siglo XIX, un palacio, una distinguida fiesta y un baile en su interior donde todos esperan la entrada de una mujer cuya belleza, vestidos y fama le preceden ¡Qué mejor lugar y momento que ese para que el resto de mortales clavaran sus miradas en ella! Se trata de Virginia Oldoini, la condesa de Castiglione.

Pero empecemos por el principio. En 1837 nació en Florencia una niña de nombre Virginia, hija de unos marqueses. miembros de la nobleza menor de la Toscana. Como correspondía a su estatus social fue educada con esmero en música, danza y lenguas, eso sí, su padre, un diplomático, no estuvo mucho por ella y creció en el palacio de su abuelo sin ese cariño y cuidado que deben dar siempre los padres.

Sí, bella era, muy bella y lo sabía, pero la belleza que le sobraba le faltaba en humildad. Ya de niña coqueteó con hombres y no tuvo ningún reparo en decirles «tened paciencia… creceré pronto». En una ocasión, sus padres descubrieron que escribía cartas obscenas a los muchachos y decidieron enviarla a un convento, no duró ni una semana. Con 17 años la casaron con el conde de Castiglione, doce años mayor que ella, quien aceptó que no le hiciera demasiado caso, pero que le dio un hijo que murió de viruela a los pocos años de vida.

Su flirteo con Napoleón III

Amiga de las fiestas y los bailes en una ocasión coincidió con un primo de su marido, Camillo Benso, conde de Cavour, primer ministro del rey Víctor Manuel II de Cerdeña y el Piamonte, quien astutamente le propuso utilizar su belleza para seducir e influir al emperador francés, Napoleón III, con el fin de que se enfrentara al Imperio Austríaco que dominaba la fragmentada península italiana y abandonara los territorios ocupados para conseguir finalmente reunificar Italia. Así ideó su plan para que se conocieran.

En ausencia de la emperatriz Eugenia por su embarazo, durante un baile en casa de la princesa Mathilde, hija de Jérôme Bonaparte, último hermano de Napoleón I, ordenó a los músicos encargados de amenizar la velada que cuando Virginia entrara en la sala dejaran de tocar para que toda la atención se centrara en su bella prima. Ya eran bien conocidas las entradas de la condesa en las fiestas organizadas por la aristocracia. Siempre llegaba tarde, vestida con espectaculares vestidos que dejaban entrever sus atributos y esperaba que los anfitriones la presentaran delante de todos. En esa ocasión, como no podía ser de otra manera (me encanta esta expresión, excepto cuando la utilizan los políticos), el emperador quedó prendado por la joven y la sacó a bailar. Por supuesto, se enamoró de ella y la convirtió en una de sus amantes -una de tantas-, obligándola a divorciándose después de su marido para poder poder estar cerca del emperador en la corte.

Allí, dio rienda suelta a la «humildad» que le caracterizaba y obligaba a los hombres que se cruzaban con ella a inclinarse, despreciando a las damas diciendo:

Igualo a las damas de más alta cuna con mi nacimiento, las supero con mi hermosura y las juzgo con mi mente

Una «influencer» de la época

Durante su estancia en París descubrió uno de los grandes estudios fotográficos de la época en París, el de Mayer y Pierson, ubicado en 5 boulevard des Capucines en París, donde Pierre-Louis Pierson la utilizó de modelo. Utilizando inicialmente el daguerrotipo, su taller fue uno de los primeros en especializarse en retrato fotográfico retocado con acuarela o al óleo y con los años se convirtió en el fotógrafo oficial del emperador y de la alta sociedad de París.

Antes de que existiera internet y las redes sociales, comenzó a utilizar las fotografías que le hacían para distribuirlas y hacerse más popular. Debo decir que paciencia tuvo y mucha, ya que para obtener una fotografía debía quedarse inmóvil ante la cámara durante unos quince minutos, pero eso no le importó lo más mínimo e incluso participó eligiendo qué vestidos ponerse, cómo posar y la escenografía de las sesiones, tomando uno 450 retratos de los que se conservan gran parte de ellos. Puede que una de las más conocidas sea la que os presento al inicio del artículo, pero abajo os dejo un enlace donde podéis ver muchas otras. La podemos ver interpretando personajes históricos o enseñando… sus piernas y pies, una tendencia muy erótica y avanzada para la época.

El ocaso de la diva

Más pronto que tarde el romance con el emperador terminó, de hecho duró dos años, y como todo tiene un principio y un final, los años no perdonaron a la condesa y el paso del tiempo hizo mella en su rostro. En la capital francesa permaneció ya prácticamente toda su vida en un apartamento en la Place Vendome, y sin aceptar nunca que se marchitara su belleza llegó a quitar todos los espejos de su casa, puso cerrojos en las puertas para que nadie entrara y solo salía de noche para pasear a los perros.

Planeó mostrar las fotografías que durante cuarenta años le hicieron en una exposición en 1900, titulada «la mujer más bella del siglo», pero el destino quiso que no se cumpliera su deseo y falleció unos meses antes, puede que Dios quisiera castigarla por la osadía que tuvo al decir en sus últimos años de vida:

El Todopoderoso no sabía lo que estaba haciendo cuando me envió al mundo. Me esculpía, me esculpía, luego miró su excelente trabajo y se quedó sin palabras. Me terminó dejando en un rincón porque no encontró un lugar adecuado. Luego se fue por un rato, y cuando regresó, el rincón estaba vacío.

Virginia Oldoini

Por cierto, debo reconocer que la influencia que tuvo sobre el emperador se materializó en 1858 durante la reunión celebrada entre Napoleón III y el Conde de Cavour con el Tratado de Plombières por el que Francia y Piamonte se aliaron contra Austria, apoyando el emperador de Francia la unificación italiana. Podemos decir que la belleza de Virginia fue en parte responsable de la unificación italiana por la influencia que adquirió sobre el emperador.

Para saber más:

Fotos de Virgina Oldoini

5 comentarios

    1. Hola Alfonso,
      no sé que debieron de pensar las personas que vieron por primera vez esas pioneras fotografías. ¿Qué debieron pensar? Ver una imagen plasmada en un papel… ¡Imagínate! Pero ya se sabe, los hay que supieron sacar partido rápidamente al tema como en el caso de esta condesa.
      Saludos

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