Esposas en venta. Una práctica del pasado presente en nuestros días

Vendiendo una esposa, del pintor, dibujante, grabador e ilustrador inglés Thomas Rowlandson (1812-1814) Pluma y tinta india, lavado marrón y acuarela sobre dibujo a lápiz. Actualmente en el Museo del Hermitage. Fijaros que da la impresión que la esposa participa felizmente en la subasta.

Pues, la verdad, no entiendo cómo los hombres que tienen mujeres y no las quieren, no se libran de ellas como hacen los gitanos con sus caballos viejos? (…) ¿Por qué no las venden en subasta pública a otros hombres necesitados de tales piezas? ¡Por mis antepasados que yo vendería la mía ahora mismo si alguien me la quisiera comprar!

(…) Pues bien, aquí tienen una buena oportunidad. Estoy abierto a cualquier oferta por esta joya de la creación.

Una curiosa costumbre inglesa

Así puede leerse en las primeras páginas del libro El alcalde de Casterbridge, escrito por Thomas Hardy en 1886. Es una dura escena en la que un joven y borracho hombre apuesta a su mujer y su hija por cinco guineas a un marinero. Muchos años después, cuando él está bien situado, se reencuentran… pero no quiero hablar de esta novela, sino del hecho en cuestión, algo que realmente ocurría, una costumbre inglesa habitual desde finales del siglo XVII y que a nuestros ojos horroriza, sin embargo, sigue estando de una forma u otra presente.

Hay alguna referencia durante la Edad Media y el primer caso documentado, no de venta de una esposa, sino de alguien que “otorgó a su esposa mediante un título a otro hombre” es de 1302, una práctica que se extendería a partir del siglo XVIII con la creciente popularidad de los periódicos, sobre todo en Inglaterra, en Escocia solo se tiene constancia de un caso y unos pocos en Gales.

Allí, el matrimonio no se registraba, solo se regulaba el nuevo estado civil con una fórmula oral y como único requisito para el consentimiento tener más de doce años para las mujeres y catorce los hombres, quedando las mujeres completamente subordinadas a sus maridos. Esto era así hasta que en 1753 se promulga el Acta de Matrimonio con una ceremonia oficial. El problema venía cuando una pareja decidía divorciarse.

Puede que si tu estatus económico te lo permitiera fuera más fácil separarte, ya sea solicitándolo ante las cortes eclesiásticas por motivos de adulterio, tras petición al Parlamento o, a partir de 1857, por la Ley de Causas Matrimoniales. Otra opción era conseguir una “separación privada” con un acuerdo negociado entre ambas partes con un especialista en leyes, pero muchos no podían pagar sus servicios, además, cualquiera de estos procesos eran largos y tediosos, así que la alternativa de vender a la mujer casada era la última opción, no la más habitual pero tampoco extraordinaria.

Habitualmente se anunciaban en anuncios de la prensa local y las subastas tenían lugar en el mercado o en simples tabernas. Simbólicamente las mujeres portaban una cuerda o una cinta en el cuello o en el brazo, como si de esclavas se trataran, pero no penséis que se negaba a tal “transacción”, sino que en muchos casos era la única forma de escapar de una situación de infelicidad en su matrimonio.

El pueblo lo vio como algo normal, aceptado por las clases más desfavorecidas, y aunque en realidad era ilegal las autoridades mantenían una actitud contradictoria y muchas veces quedaba sin sanción. Para ellos era la única forma de romper el vínculo entre esposos, y el dinero que se pagaba no tenía porqué ser elevado, de hecho, siempre era bajo. En 1865 se documenta un caso de venta por más de 100 libras (equivale a unas 11.000 libras actuales) y el más bajo tres peniques, aunque realizarse por una cerveza o simplemente, por nada. Y sí, también existen noticias de venta del marido por parte de la esposa, pero son casos muy contados.

Esta práctica se documenta hasta 1913 a pesar de que en la segunda mitad del siglo XIX se crearon leyes que facilitaron los trámites del divorcio.

La terrible realidad de nuestros tiempos

En la actualidad, la realidad es incluso más cruel y en muchos países del mundo siguen vendiéndose mujeres y niñas como esposas y esclavas. Se estima que cada día son obligadas a casarse sin consentimiento unas 40.000 mujeres. En ocasiones, la escasez de mujeres en el país promueve esta práctica, como en China o en la India, donde se venden incluso niñas por poco más de 150 dólares. En China, además, se convierte en una tradición.

En otros países del sudeste asiático, Afganistán y África existe muy vivo este tráfico de mujeres. El gobierno sudanés estima que un 17% de las mujeres se casan antes de los 15 años y muchas de ellas son intercambiadas por 20 o 40 vacas. En el sur de África el secuestro de niñas está a la orden del día y la miseria obliga a muchas familias a vender a sus hijas para prometerlas a sus secuestradores, que abusan de ellas durante años.

No hemos de pensar que otros países “desarrollados” se libran de esta injusticia, en los mismos EE. UU. existen miles de casos de matrimonios no consentidos entre comunidades de inmigrantes.

Pienso que a medida que pasan los años el ser humano se vuelve más cruel e insensible ante las injusticias. Puede que nos sorprenda el hecho histórico acontecido en Inglaterra siglos atrás, pero aterra pensar que vivamos y permitamos en pleno siglo XXI la terrible realidad que nos rodea.

Un libro:

Human Trafficking: Prices and Statistics of the Moderna Day Slave Trade

Link foto:

Trendencias.com

Información basada en diversas fuentes trendencias.com, labrujulaverde.com y wikipedia.org

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