De partos, cesáreas y otras curiosidades históricas (1ª parte)

Venus de Willendorf (venus de 11 cm. paleolítica datada entre los años 27 500 y 25 000 a. C. se conserva en el Museo de Historia Natural de Viena, Austria).

Elizabeth Stone, nadadora paraolímpica, dijo en una ocasión que tomar la decisión de tener un bebé significa decidir que desde ese momento tu corazón empezará también a caminar fuera de tu cuerpo. Ciertamente, somos lo que somos y todos hemos llegado a este mundo desde el vientre de nuestra madre, y si retrocedemos otras épocas, a nuestro pasado más remoto, encontraremos que, de un forma u otra, esta ilusión y esperanza siempre ha existido. En los próximos dos artículos descubriremos cómo se diagnosticaban los embarazos con los escasos medios y conocimientos que disponían, cómo planteaban los partos las distintas culturas, y el origen de la cesárea, la más antigua de las intervenciones obstétricas.

La concepción y el diagnóstico del embarazo en la Antigüedad

¿Cuál puede ser el motivo por el que un hombre mientras copulaba se sujetara un testículo? ¿Por qué las hembras tienen los pechos más grandes que los machos? ¿Se consideraba a las mujeres más calientes que a los hombres? Puede que estos interrogantes sorprendan, pero estos pensamientos no se cuestionaron hasta pasado mucho tiempo.

Los hipocráticos desconocían la existencia de los ovarios y consideraban que el aparato reproductor femenino estaba formado por dos o más cavidades conocidas como vientre (sinónimo del útero). Según sus creencias, pensaban que podía desplazarse a cualquier otra parte del cuerpo: corazón, cerebro, vejiga, hígado… como un “animal irracional” dentro del cuerpo en busca de satisfacción sexual y de un embarazo. Así explicaban que cuando la mujer no tenía relaciones sexuales esa sequedad que tenía provocaba que el útero fuera atraído por órganos más húmedos. Por contra, la humedad que originaba la relación sexual mantenía al útero en su sitio. Sospechaban que existía una especie de tubo que conectaba la cavidad nasal con la vagina y, como los olores agradables atraían al útero, utilizaban aromas para corregir su localización. Con esta idea podían determinar si una mujer podía o no quedar embarazada: la sentaban encima de un preparado con fuerte aroma (muchas veces contenía ajo) y comprobaban si percibía el olor a través de su boca, demostrando así que el tubo no se encontraba obturado. ¡Cómo hemos avanzado en la actualidad con las pruebas que se hacen en los centros de reproducción asistida!

Volviendo a las preguntas anteriores, Aristóteles describe a hombres que mientras copulaban se sujetaban un testículo para producir descendencia femenina o masculina. Tenían la creencia de que el sexo del feto se determinaba por el lado del útero en que caía la semilla o por el testículo del que procedía. El semen procedente del derecho originaría probablemente un niño, aunque muchos pensaban que lo que realmente acabaría por decidir el sexo era la proporción entre el semen y el líquido menstrual. ¿Y por qué el derecho y no el izquierdo? La respuesta la encontramos ya con los pitagóricos (y después con Aristóteles) que ligaban lo masculino, lo bueno y lo caliente, con la derecha, mientras que lo femenino se formaba en la parte izquierda del vientre. ¿Pero si asociaba el calor con el hombre… por qué mi segunda pregunta? Aristóteles consideraba que las mujeres eran más calientes debido al flujo menstrual. La sangre se identificaba con lo caliente y si las mujeres podían “perder” sangre en la menstruación era porque tenían más sangre que los hombres, es decir, eran más calientes. Aún queda una tercera pregunta por contestar: ¿porqué las mujeres tienen los pechos más grandes que los hombres? La respuesta la encontramos en que los senos de las mujeres tenían un exceso de humedad.

Aristóteles consideró a las mujeres más similares a los hombres que en épocas anteriores, aunque siempre manteniendo el principio de superioridad masculina. Se nacía mujer por un defecto en el semen paterno y la consideraban como un “hombre disminuido”.

Por un papiro del Antiguo Egipto de más de 3500 años, descubrimos un conjuro muy curioso para diagnosticar la preñez de las mujeres a la vez que invocaban a la diosa Hathor, diosa de la maternidad y la fecundidad:

La presunta embarazada debe orinar durante varios días sobre dos bolsas de lona en cuyo interior hubieran semillas de trigo y cebada respectivamente, mezcladas con sal. Si transcurrido un tiempo germinaban es que la mujer estaba gestante.

Incluso determinaban -o así lo creían- el sexo del futuro niño.

Si germinaba el trigo sería una niña y si germinaba la cebada, el hijo sería un varón. Por contra, si no germinaba ninguna semilla, la mujer no estaba embarazada.

Estudios más recientes nos pueden precisar un éxito del 35 % aplicando este método y cabe decir que tiene un base científica por los estrógenos presentes en la orina.

Otro papiro, el de Carlsberg, nos muestra otro método un poco menos “agradable” de practicar:

Dejar un trozo de cebolla durante toda una noche en la vagina de la mujer y si conserva al día siguiente su sabor original, la paciente está embarazada.

En tiempos del Imperio Romano se declaraba embarazada a la mujer que parecía atolondrada; en Babilonia si su caminar era lento; en Francia si el vino enturbiaba la orina y en Alemania si tenía antojos de alimentos extraños. Los médicos chinos, fieles a la importancia que daban al pulso en el diagnóstico de las enfermedades, lo hacían a través del mismo.

Durante la Edad Media los métodos no son menos sorprendentes:

Practicar el coito llevando consigo una oreja de mula o excrementos de elefante, pasar sobre la sangre menstrual de otra mujer o untarse con ella, comerse una abeja o un corazón de ciervo.

Pedro Hispano, médico y filósofo, en su obra el Tesoro de los pobres

El parto

Antiguo Egipto

Los primeros pasos en el arte de la Obstetricia fueron dados también en épocas remotas de la prehistoria y transmitidos de generación en generación, de boca a oído. Los escritos más antiguos que se conocen sobre ginecología los encontramos en el Papiro Lahun (Kahun) (1800 a. C.), pero en muchos otros Papiros se hacen referencia a aspectos ginecológicos (Papiro Ramesseum, Papiro de Erman, Papiro médico de Londres, Papiro de Carlberg…)

En lo que respecta a la fertilidad utilizaban el puerro como afrodisíaco y promotor de la misma, y si una pareja no podía tener hijos no se dudaba en decir que la culpa siempre era de la mujer (idea presente en muchas culturas actuales), siendo la única solución divorciarse. Muchas mujeres utilizaban amuletos (incluso se los tatuaban) y durante la gestación se cubrían con ellos al considerar el período de preñez como muy peligroso. A pesar de todo ello seguían realizando su extenuante trabajo diario hasta que se ponían de parto.

Mujer de parto en el Mesjenet, templo de Kom Ombo.

El papiro que recoge cómo eran atendidos los partos es el Papiro de Ebers (1500 a. C., de la dinastía XVIII) y por él sabemos que se realizaban en los domicilios, atendidos por matronas. Las parturientas adoptaban la posición más fisiológica para parir que es la de agacharse, en posición de cuclillas o de rodillas, sobre una “silla de partos” hecha de ladrillos de adobe y con un agujero central (utilizada también como retrete).

Se vendaban a las mujeres para así aumentar la presión abdominal y ayudar a la expulsión del feto, y era frecuente utilizar supositorios vaginales para lubricar su salida. Solo en el caso que el parto se complicara llamaban al médico, aunque eran los sacerdotes los que siempre controlaban la práctica médica. Los especialistas en obstetricia se llamaban Sunu y utilizaban mesas exploratorias similares a las actuales para controlar los embarazos de las mujeres de alto rango social.

Aunque el parto se solía practicar en el mismo domicilio de la mujer en ocasiones acudían a unos “parideros públicos” donde daban a luz en unos bancos especiales para el caso.  Presidiendo la sala estaba el dios enano Bes y cuando ocurrían desgarros, los suturaban. No tenían anestesia como la conocemos actualmente pero les suministraban cerveza o cremas de polvo de azafrán, humo de terebinto o pulverizado de mármol disuelto en vinagre.

Los partos los clasificaban en normales (Hotep), difíciles (Bened) y prolongados (Wedef). Tras el parto el cordón era cortado con un cuchillo especial y la placenta se guardaba para utilizarla como tratamiento médico, aunque en ocasiones se momificaba junto el cordón umbilical como parte del ajuar funerario, o incluso se enterraba en la puerta de casa o era arrojada al Nilo para asegurar la supervivencia del recién nacido.

Se calculaban las posibilidades de sobrevivir del recién nacido por su expresión facial y la fuerza del llanto. En los casos que habían dudas, se le administraba una dieta de leche que contenía un trocito de placenta: si vomitaba, moriría, y si no lo hacía, sobreviviría.

Después de parir las mujeres se retiraban durante dos semanas a una estancia de la casa (tienda de purificación), pues se consideraban impuras al haber estado en contacto con la sangre. La lactancia se prolongaba hasta los tres años y la realizaban vecinas o familiares cercanos, contratándose nodrizas especializadas en las familias más ricas. La leche materna era utilizada como “agua de protección” y se utilizaba incluso para curar resfriados, cólicos, quemaduras, infecciones oculares y para aumentar la potencia sexual. En ocasiones, se producían prolapsos de la vagina y el útero, secundarios a los partos complicados, y para intentar solucionarlos utilizaban pesarios similares a los que se utilizan hoy en día.

Imperio azteca

Tanto el embarazo como el parto eran controlados por las manos expertas de la matrona y aunque confiaban en sus dioses, lo hacían mucho más en estas. Encontramos en las obras de fray Bernardino de Sahagún (1540 – 1585)  Códice Florentino y en la Historia General de las Cosas de Nueva España la información.

Chalchiuhtlicue (Matrona de los partos) Museo Nacional de Antropología. México.

Los aztecas concedían gran importancia a los dioses en lo que respecta a la gestación y el parto, pero no todo lo dejaban en manos de estas divinidades, sino que además de invocarlos existía la figura de la partera (tlamatlquiticitl) que visitaba con regularidad la casa de la futura madre haciéndole una especie de “cursillo prenatal” en el que la examinaba y aconsejaba sobre diferentes aspectos como la alimentación, no cargar peso, no darse baños demasiado calientes y mantener relaciones sexuales hasta el séptimo mes de embarazo aunque… “templadamente, porque si del todo se abstuviese del acto carnal la criatura saldría enferma y de pocas fuerzas”.

Con el embarazo avanzado dicha partera valoraría la posición fetal y si comprobaba alguna anomalía “metía en el baño a la moza preñada y la palpaba con las manos el vientre, para enderezar la criatura si por ventura estaba mal puesta. Y volvíala de una parte a otra”.

Cuando preveían que el parto no tardaría en producirse la partera acompañaba a la mujer para prepararla y vigilar que todo transcurriera según lo previsto. En ese tiempo limpiaban la habitación acondicionándola para el alumbramiento y si era primeriza buscaban a un familiar que ayudara en las tareas de la casa durante el nacimiento preparaban un baño de vapor (temazcal) con una leña que no desprendiera humo, y con plantas aromáticas que le ayudaran a relajarse. Para aliviar los dolores de parto le administraban una infusión preparada con una hierba conocida como cioapatli, que le ayudaría en los pujos, y si no dilataba le daban medio dedo de la cola de un animal llamado tlacuatzin.

Para dar a luz se ponían en la posición más fisiológica para ello, de cuclillas, y la partera se colocaba detrás, sujetándola. Al recién nacido le recibían con dulces palabras como dándole la bienvenida al mundo y a continuación limpiaban a la madre llevándola de nuevo al temazcal, cuyas plantas aromáticas le ayudarían a liberar las toxinas del cuerpo, la relajarían y favorecería la subida de leche.

La importante función de la partera no acababa aquí pues permanecería en el domicilio de la madre cuatro días más para cuidarla y vigilar algo que era vital, la lactancia materna. Su importancia radica en que el destete no se producía hasta los dos años o más, no disponiendo de ningún animal cuya leche pudiera sustituirla, siendo la leche materna fundamental para el buen crecimiento del niño.

La placenta y el cordón umbilical no se tiraban sin más, sino que se utilizarían para otro rito muy importante. La placenta se enterraba en casa y el cordón se dejaba secar. Si el recién nacido era niño, se lo entregarían a un guerrero para que lo enterrara en suelo enemigo para así infundir valor al futuro guerrero. Si por el contrario era una niña, se enterraba junto al fuego del hogar para que fuera una buena esposa y madre. La sociedad azteca era principalmente guerrera y no se concebía otra misión para el hombre que la de batallar.

¿Parteros y comadrones?

En la Antigüedad, eran las mujeres las que se dedicaban al parto llamando al médico (un hombre) cuando se presentaban dificultades. A pesar de la lejanía de la discusión sobre si los hombres debían o no dedicarse a “partear”, será en la Francia del siglo XVI cuando se presente una fuerte polémica sobre esta cuestión. Los defensores de los parteros decían que los hombres eran más habilidosos en este cometido y lo justificaban al recordar que eran autores masculinos (Euscario Roesslin, Jacobo Rueff…) los que publicaron obras de referencia en el arte obstétrico. En cambio, los retractores, señalaban que estos hombres sin títulos, manoseaban a las más decentes damas de Francia. Fue la invención de un “misterioso aparato” a principios del siglo XVII que inclinó la balanza hacia los hombres. El invento no era otro que el fórceps y su descubridor, el cirujano francés Peter Chamberlen.

A principios del siglo XIX fueron muchos los rumores que se difundieron entre las mujeres advirtiéndolas de los peligros y de la inmoralidad de estos hombres dedicados al arte propio de las comadronas. Tras los continuos y persistentes ataques de la sociedad francesa e inglesa, será en el siglo XIX cuando los comadrones empezarán a desaparecer, no siendo hasta nuestros tiempos que comenzamos a ver nuevamente el arte de partear en hombres.

Os invito ahora a conocer algo más sobre la cesárea en mi próximo artículo.

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