La anemia de las meninas (y de muchos otros)

Las meninas o la familia de Felipe IV, de Diego Velázquez (1656). (Museo del Prado, Madrid)

Hemos visto cientos de veces este cuadro, aunque lo más probable es que nadie -o casi nadie- se fijara en un pequeño detalle. Arrodillada, María Agustina Sarmiento entrega un pequeño objeto a la princesa Margarita de Austria, ampliando la imagen (os aconsejo que lo hagáis) comprobamos que se trata de un búcaro, una vasija con tierra arcillosa que durante el Siglo de Oro español se pondría de moda entre las damas de la nobleza hasta el siglo XVIII. Lejos de hacerle asco, le daban pequeños mordiscos -por cierto, los más apreciados eran los provenientes de Portugal- para ingerir así el barro. ¿Y por qué esta curiosa costumbre?

Según la superstición de la época se pensaba que si se ingería ese barro se obtendría un rostro más pálido, signo de belleza de la época, pero entonces surgía un problema, se producía un tipo de anemia conocida como opilación, y para tratarla los médicos de la Corte española indicaban polvos de hierro o la ingesta de unas aguas ferruginosas de una fuente cercana al río Manzanares. Encontramos en la Literatura muestra de ello con Lope de Vega en “La Dorotea” y en Quevedo cuando dice:

A Amarili que tenía unos pedazos de búcaro en la boca y estaba muy al cabo de comerlos.

¿Qué es la anemia?

La anemia NO es una enfermedad, sino un signo que puede estar presente en muchas enfermedades. Consiste en una disminución de los glóbulos rojos y una disminución en la concentración de la hemoglobina presente en la sangre que en un análisis muestra un valor de hematocrito más bajo de lo normal. Quienes la padecen pueden encontrarse cansados, presentar mareos y dificultad respiratoria, aunque en casos leves y/o crónicos esta sintomatología puede pasar inadvertida y manifestarse como una palidez mucocutánea, de uñas y de los pliegues palmares.

No será hasta el año 1747 que el médico francés, François Magendi, descubra la presencia de hierro en la sangre al calentarla hasta que se volvió como ceniza y al pasar un objeto imantado cerca de este residuo comprobó que sus partículas eran atraídas hacia él. A principios del siglo XX  Bunge demostró que el bajo consumo de alimentos ricos en hierro podía incidir en la aparición de la anemia.

¿Desde cuándo existe?

Se conoce su existencia desde hace por lo menos 1,5 millones de años, en los homínidos mal alimentados. Y os preguntaréis, ¿cómo puede saberse? El déficit de hierro en la sangre provoca que el organismo lo capte del hueso, produciéndole unos orificios que han sido identificados en el techo de la cavidad orbitaria de algunos esqueletos, además, la pérdida de esmalte en los dientes permanentes también puede ser otro signo de la misma.

La anemia según las épocas

En la Antigüedad

Ya muy presente, en el código de Hammurabi comprobamos que la anemia de un paciente podría dar lugar a sanción por negligencia médica, así que, el médico y el mago debían esforzarse para diagnosticarla y tratarla bien si no querían ser castigados.

Los egipcios la trataban comiendo hígado y albahaca, claro está, también la trataban con alguno de los numerosos amuletos que disponían. La medicina tradicional de India recomendaba raíz de genciana, diente de león y remolacha, y la medicina tradicional china, acupuntura.

En la antigua Roma se produjeron numerosas intoxicaciones por plomo (recordemos su uso en cosméticos, sellado de vasijas y algunas cañerías) y una de sus consecuencias era la anemia. Para tratarla acudían al templo de la diosa de la debilidad, Fessonia, y siguiendo el ritual de la incubatio recibían los consejos de Esculapio. Plinio el Viejo, también aconsejaba ingerir la raíz de remolacha y ajo.

En Mesoamérica

La anemia estaba al orden del día y gran culpa de ella la tiene el maíz, cuya dependencia en las poblaciones mayas daría un déficit nutricional de hierro. Para “fortificar” la sangre se ingería una bebida alcohólica conocida como pulque, que aparece en muchas recetas como la del Códice Barberini (1552)

En la Edad Media

Avicena, la abadesa Hildegarda von Bingen y otras mentes privilegiadas de la época, recomendaban tomar vino caliente mezclado con hierro; Rhazes, diente de león por su capacidad de estimular el apetito, y en los herbarios encontramos la recomendación de ingerir beleño y espliego.

En el Renacimiento

Los pintores, expuestos al plomo procedente de pigmentos metálicos utilizados en sus pinturas (minio, cerusa, cinabrio…) fueron profesionales de riesgo a la hora de padecer anemias.

Las trataban con sales de hierro, iniciándose las primeras transfusiones sanguíneas entre animales en el siglo XVII.

A partir de entonces…

Comienza a identificarse el hierro como un componente del hígado y de la sangre, aunque deberemos esperar a finales del siglo XIX para conocer mejor los componentes de los glóbulos rojos, la hemoglobina y su núcleo de hierro.

Se comercializan jarabes y preparados a base de extractos de hígado, entre otros, para suplir ese déficit de hierro por ingesta insuficiente. Sin embargo, no hay que olvidar que la carencia de hierro puede ser debidas a una imposibilidad de nuestro organismo para utilizar el hierro o por pérdida del mismo.

En la década de los años 30, el trabajo de Landsteiner sobre los grupos sanguíneos mejoró los resultados de las transfusiones sanguíneas y se convirtieron en uno de los tratamientos más efectivos de las anemias severas.

Ya sabéis, a tomar muchas lentejas, zumo de frambuesas, espinacas, pollo, hígado, espinacas, levadura de cerveza (¡Bieeen!), pistachos, mijo y… espirulina. Sí, sí, lo habéis oído bien, esta última no se trata de una piruleta ni nada similar, sino de uno de los alimentos más ricos en nutrientes que podemos encontrar, consumida en el Chad, concretamente cerca del lago Kossorom, donde se descubrió su cultivo a principios de los años 60. En realidad, no se trata de un alga, sino de una cianobacteria, es decir, un organismo capaz de realizar la fotosíntesis, además, barata de producir, pero… ¡cuidado! no se trata de un alimento “milagro”, estos no existen, y como indica el nutricista Juan Revenga: “una buena suplementación no arregla una mala alimentación”.

Por cierto, el 14 de junio es el Día Mundial del Donante de Sangre, desde aquí os invito a que os animéis, no solo ese día, sino cualquier otro, una práctica sencilla que puede salvar vidas.

Para saber más:

Las distintas anemias y otras enfermedades de los glóbulos rojos

Link foto:

James Heilman, MD

Información basada en “Historia de la anemia” (monografía de Italfármaco), de Ruth Fraile Huertas. Doctora en Ciencias Biológicas de la Universidad Autónoma de Madrid

7 comentarios en “La anemia de las meninas (y de muchos otros)

  1. Creo que te he dicho que mi madre era enfermera. Pues me hacía comer hígado una vez por semana, luego me empezó a gustar y no me dio cosa comerlo. Hasta lo pido si lo veo en algún restaurante. Siempre me miraba la orilla de los ojos y me decía que estaba pálida… Ja, ¿yo, pálida? Muy buena entrada, Francisco Javier. Como siempre. Un abrazo.

    • Hola Melbag,
      a mí me pasó algo similar con los espárragos. Acabé odiándolos y juré no volver a probarlos, aunque hace unos años me los ofrecieron en un restaurante. Lo cierto es que me gustaron y ahora los pido siempre que tengo oportunidad. Es curioso saber que el sentido del gusto cambia con el paso del tiempo, así como la percepción del mismo en nuestras papilas gustativas.
      Abrazos

  2. Y ¿qué nos dices de la clorosis de las jóvenes doncellas del Romanticismo? Todas con sus caras emblanquecidas con polvos de arroz manchando las caras ropas de sus galantes amantes…

    • Hola astolgus,
      … y si no estoy confundido creo recordar que el polvo de arroz presenta beneficios para la piel como calmar irritaciones, combatir el acné y como exfoliante. Así que poco debía importarles a estas jóvenes que a sus amantes les quedara la ropa manchada después de su encuentro ¡ja, ja, ja!
      Abrazos

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